¿Qué es "Del alma y otras hierbas"?

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... es un rincón de diálogo de un grupo de amigos que, desde la más auténtica diversidad, comparten alegrías, penas, risas, lágrimas, éxitos, fracasos y aficiones varias en una cotidianeidad que intentamos hacer entretenida, interesante y llevadera. Allí nace la necesidad de compartir letras, imágenes y sonidos a través de este espacio común.

Cuentos de ternura y amor en dictadura

(Memoria humana de la militancia clandestina)
1998

PRESENTACIÓN

Detrás de estos cuentos se expresa una experiencia vital, de luchas, emociones, alegrías y sufrimientos que son parte del reverso de la historia oficial, que afortunadamente se desmorona día a día, para irse constituyendo a través de relatos como éste, la vida real, que con consistencia creciente configura la crónica del Chile oprimido, en pugna por su libertad.

Esta mirada construida desde la clandestinidad fue la forma de realizar su ciudadanía política para miles de personas, a las cuales se les usurpaban sus derechos esenciales.

Junto a la gesta de valentía y arrojo que se describen en estas líneas se presentan también como su contraparte inseparable, el miedo y los dolores de existencias cercenadas por la opresión política.  En el vértice de ambos sentidos vitales, en algún punto de ese infinito, surge el amor tanto en la ternura de la madre con el hijo, como en la afectividad vital hacia el padre, como en el descontrol de los amantes.

Hermosos cuentos nos ofrece Georgina. Ojalá sean leídos por muchos.

 Camilo Escalona Medina
2003, a treinta años del golpe...


A Rodrigo

Santiago, diciembre de 1998

Hijo:
                   
                    He escrito estas páginas para ti. En ellas te cuento algunas cosas que han ido cayendo en el olvido y que creo que son importantes de rescatar porque tienen que ver con tus raíces y las de muchos jóvenes de tu generación. Naciste y creciste en medio de una de las más crueles dictaduras que recuerda la historia, pero fuiste amamantado con altos valores.

                    No en vano fuiste anunciado al mundo con las siguientes palabras: "Hoy, 15 de marzo de 1981, ha nacido nuestro hijo Rodrigo. Hubiéramos querido tener el mundo en nuestras manos para poder brindárselo, sin embargo sólo podemos entregarle el compromiso por construir un mundo digno para recibir a muchos niños."

                    Tal vez, te deba muchas explicaciones. Los abandonos, los sacrificios, la falta de sueño... Muchas veces te quedaste dormido debajo de la mesa de algún boliche mientras tejíamos nuestros sueños. Otras tantas anduviste conmigo de la mano en lugares peligrosos para un niño de tu edad. Son cosas que hoy no haría, pero las circunstancias son otras.

                    Cuando apenas tenías unos meses, un día tu papá me llamó por teléfono al trabajo y me dijo: "Oye, me están pidiendo que saque a mis alumnos a la Alameda para recibir a Pinochet... si no los saco corro el riesgo de que me despidan... yo no tengo ninguna intención de llevarlos pero te llamo porque, no sé si estás dispuesta a que yo quede cesante..."

                    Muchos pensamientos cruzaron por mi mente en ese momento. Mal que mal tú eras un bebé y había que alimentarte y protegerte. Sin embargo, en cuestión de segundos, le contesté a tu padre: "No vayas a ninguna parte. Si te echan ya veremos. Algún día podremos explicarle a Rodrigo por que razón no tomó leche durante un tiempo, pero explicarle que perdimos la dignidad sería un poco más difícil."

                    Siempre recuerdo ese momento y me siento feliz porque pienso que ilustra mucho la vida de la gente de izquierda en esa época. La dictadura logró hacernos perder muchas cosas. La tranquilidad, la estabilidad y muchas veces la alegría... pero jamás perdimos la dignidad que nos guiaba como una orgullosa bandera al tope.

                    Pero la dignidad no fue nuestro único patrimonio. La dictadura fue una verdadera caja de Pandora que junto a todos los males dejó libre la esperanza. A esa esperanza nos aferramos y nos dio la seguridad absoluta de que valía la pena vivir y luchar por lo que nos parecía justo y correcto.
                   
                    Por eso, a pesar de las circunstancias, trajimos niños al mundo y tratamos de cobijarlos al calor de esos valores. Te los dejo como regalos, ya que en ellos se afirmaron tus raíces. Nunca pierdas la dignidad y mira serenamente al frente, aunque te golpeen. Y nunca pierdas la esperanza, ya que todo tiempo difícil necesariamente pasa y la luz y los colores vuelven a ser visibles y renovadores.
                   
                    Tu mamá que te ama.

                                                           Gina

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EL ENCUENTRO
                                     

Gracias por la tregua
que le diste a mi existir...
Oscar Andrade

En homenaje a los grandes amores
                   

                    Comenzó a caminar lentamente por una calle de Nuñoa bordeada de árboles inmensos y casas con prestancia de barrio antiguo. Era una tarde de lluvia en la época de la clandestinidad del Partido.

                    En ese tiempo el trabajo militante consistía, en gran medida, en mantener el contacto con los compañeros para planificar algún posible trabajo militante. Y la tarea no era fácil, ya que nadie conocía los nombres, las direcciones ni las actividades de nadie. En los encuentros callejeros no se esperaba más de cinco minutos y la falla de un compañero podía significar la pérdida de contacto con la organización por un par de meses.

                    Era habitual, por lo tanto, realizar un par de "puntos" de encuentro cada día y pararse en las esquinas con una manzana roja, un plátano u otras señales estrambóticas era parte de la rutina.

                    El día anterior le habían entregado el punto para recoger al delegado del Comité Central que venía a reforzar el trabajo organizacional del Regional. Él debía caminar en sentido contrario por esa calle, con El Mercurio del día bajo el brazo izquierdo y abordarla con una pregunta previamente acordada.

                    El hombre corpulento que avanzaba por la vereda no traía el diario, pero se le acercó resueltamente y sin mediar contraseña le dijo: - ¡Hola!, ¿No te acuerdas de mí? Estuvimos juntos en la reunión del otro día. Vengo a integrarme al Regional.

                    Mirándolo de cerca, lo reconoció vagamente, aunque así, todo mojado se veía diferente. A pesar de que el encuentro atentaba contra todas las medidas de seguridad y contravenía la rigurosa disciplina practicada por largos años de dictadura, ella lo saludó y giró en sentido contrario para caminar junto a él.

                    Esa clase de licencias no estaba permitida, pero ese hombre tenía algo bondadoso que disolvía todo temor y desconfianza.  Sentía, como muchas veces ocurría con los camaradas, que lo conocía de toda la vida.

                    Caminaron bajo la lluvia hasta llegar a un boliche que ofrecía sopaipillas. Allí se sentaron, sacudieron sus abrigos y, en menos de diez minutos se pusieron de acuerdo para una reunión con los demás compañeros. Luego tomaron té caliente y sonrieron. No había preguntas ni comentarios; no había pasado ni futuro en esos contactos.

                    La vida en ese entonces era un tanto esquizofrénica. Ella era una profesional que se desempeñaba en un medio social elevado y se codeaba con destacados personajes de la vida pública del gran Santiago. En las tardes, las noches y los fines de semana, entraba en las poblaciones, caminaba por el barro y se relacionaba con sujetos no imaginables en su otra vida.

                    El hombre se puso de pie, le acomodó el abrigo y salieron juntos. Se despidieron casi sin mediar palabras.

- ¿Cuál es tu nombre de trabajo?
- Antonia ¿Y el tuyo?
- Pedro.


                                                           ******

                    La reunión fue una mañana de sábado. Pedro hizo todas las preguntas necesarias para evaluar las condiciones organizacionales del Regional y propuso planes para el crecimiento del Partido en la zona. Antonia manejaba todos los detalles de la organización y, por lo tanto, el contacto mutuo se hacía imprescindible para desarrollar el trabajo.

                    Vinieron muchas reuniones, puntos, saludos presentaciones y despedidas. Nada era diferente del trabajo rutinario realizado por tantos años. Un domingo falló el contacto para una reunión que debía realizarse a medio día y se encontraron solos cerca del Mercado Central. Almorzaron juntos en una marisquería.

                    Media botella de vino blanco y la necesidad fundamental de humanizar la relación hicieron surgir las preguntas personales.

- ¿Eres casada?
- Sí... pero estoy separada.

                    Mientras decía esto, sintió cuanto le apretaba el alma su separación no resuelta. La verdad es que en medio de ese caos, nada personal estaba resuelto y el compromiso con la patria, el pueblo, la revolución y todo lo demás, servía de anestesia a todos los dolores.

- Tengo un niño hermoso, de ojos negros. ¿Y tú?
- Yo también estoy separado...

                    Se quedó callado y pareció dudar.

- Separado por las circunstancias.
- Ah...
- ¿No vas a preguntar más?

                    Ella se rió. La regla era escuchar mucho, hablar poco y no preguntar, pero con Pedro las reglas no siempre funcionaban.

- ¿Qué circunstancias?
- Mi mujer y mis hijos están en Europa.

                    Aparentemente necesitaba decirlo. Más bien pareció vomitarlo. Estaba serio. Lo vio triste y cansado.

- Veo que eres un hombre enamorado...
- Vine por unos meses y llevo aquí más de un año... lo único que quiero es volver.
- Lo siento...
- En esta cuestión no hay vida personal, no hay nada...
- Eso es una estupidez. ¡Somos humanos! Pide que te manden de vuelta y se acabó.
- No es tan fácil compañera...

                                                           ******
                   
                    Los contactos que vinieron en adelante fueron distintos. Resolvían muy rápido los temas del Partido y luego caminaban largas cuadras, entraban a los cafés del barrio Bellavista y cruzaban en uno y otro sentido los puentes del Río Mapocho. Conversaban de sus vidas, compartían sus problemas y se contaban sus cuentos.

                    Descubrieron gustos afines; la música entre ellos. Una tarde, caminando por el Parque Forestal, ella sacó de su cartera un caset con un concierto de Brahms y se lo regaló. El le tomó la cabeza y la besó durante un tiempo que le hizo olvidar la dictadura, el matrimonio rupturado y todas las aflicciones que existían en el mundo. Se separaron sin decir una palabra.

                                                           ******

                    Un par de noches después se encontraron en una reunión que simulaba una comida de amigos en un restorán del centro. Allí estaban todos los compañeros del Regional y un miembro del Comité Central reconocido como un hombre brillante y famoso por el atractivo que ejercía sobre las mujeres.

                    El hombre del Central expuso un análisis político y luego la conversación se relajó. Vinieron las bromas y las risas. Pedro estaba serio. El hombre del Central coqueteaba descaradamente con Antonia y en un momento le pasó un mensaje escrito en una servilleta: "Quédate conmigo esta noche".  "Tengo un compromiso", escribió Antonia. Pedro tomaba su vino en silencio. El diálogo servilletezco continuó. "Le prometo la mejor noche de su vida compañera", escribió el del Central con desparpajo. Ella se rió...

Pedro intervino molesto:

- Oye, dejen de mandarse papelitos...
- Ya te pusiste grave huevón. Estás igual que el Pelao Arancibia.

                    El Pelao había sido pololo de Antonia cuando militaba en la juventud secundaria.

-        Cuidado compañero. Nadie habla mal del compañero Arancibia en una mesa donde yo estoy – replicó cortante.
-        ¡Te salió gente al camino! – rieron los demás.

                    Pedro se levantó de la mesa.

- ¿Vamos compañera?
- Vamos.

                    Se despidieron y caminaron en silencio. Él hizo parar un taxi y, alentado por el vino, ordenó en voz alta:

- Llévenos a un motel.

                    Sin decir nada, la abrazó fuerte.

                                                           ******


                    Al cerrarse la puerta de la habitación desconocida, se escuchó la voz de Pedro:

- Desnúdate mujer.

                    Hicieron el amor como nunca lo habían hecho. Con violencia, con ternura, con alegría, con pena, con prisa, con calma, con fuerza, con agotamiento, con recuerdos, con olvido, con todo lo que tenían en el alma y en el cuerpo.

                    Al amanecer, Pedro encendió un cigarrillo.

- ¿Qué tienes que ver con el Pelao Arancibia?
- Fuimos pololos cuando cabros chicos ¿Por qué?
- Porque éramos muy amigos.
- ¿En serio?
- Militábamos juntos en la secundaria.
- ¿Tú con él?
- Sí, claro.
- Imposible.
- ¿Cómo que imposible?
- Yo milité siempre con el Pelao.
- ¿Dónde?
- En la octava comuna.
- ¿En la octava?
- Sí, claro. ¿Y tú de dónde eras?
- De la octava también.
- Imposible.
- ¡Cómo que imposible, mujer! Éramos compañeros de curso con ese hombre... y después fuimos juntos a la universidad.
- Entonces tú eres...
- No lo digas. Suficiente. Esta conversación nunca existió. Tomamos mucho. No debimos...
- No puedo creerlo... Tú eras mucho más delgado, tenías el pelo largo...
- Me acuerdo borroso de ti. Eras muy chica, niñita, con uniforme, con calcetines...
- No hablemos más. No hemos hablado nada.

                                                           ******

                    Pedro comenzó a transformarse en el hombre de su casa. Se quedaba los fines de semana. Salían a pasear juntos con Ismael, el niño de ojos negros. A veces ella cocinaba mientras ellos jugaban. Recibían amigos y reían mucho, escuchaban música, cantaban. Pasaban los días y los meses con calor y alegría, sin tocar jamás el tabú del futuro.

                    A veces ella sorprendía su mirada melancólica puesta allá quién sabe donde. Pero ella sabía donde.

- Tienes que irte, Pedro.
- Si sé. Eso quiero también.
- Tienes que hacer que te manden de vuelta.
- Claro...

                    En el verano Pedro partió a hacer trabajo partidario a Talcahuano y le pidió que lo acompañara. Pásame a buscar a Concepción y nos vamos juntos a Chiloé, le dijo.

                    Cuando Ismael se fue a pasar unos días de vacaciones con su padre, ella partió. Echó tres pilchas en un bolso y fue a juntarse con Pedro.

                    Pasearon por la playa, recorrieron la ciudad y se embarcaron al sur. Recorrieron todas las tonalidades de verde que existen en Chiloé, que son todos los verdes que existen en la escala cromática. Hicieron el amor en la arena, en el bosque, en las rocas y en el medio de las siembras.
         
                    Una noche de lluvia sureña, entraron a uno de esos boliches que sólo existen en las provincias. En silencio él tomó sus manos y la miró largamente.

- Tengo que irme... Si no me voy ahora, no me voy a ir.
- Tienes que irte.

                                                           ******


                    Pedro desapareció de su vida un dos de marzo. Ella lloró con sollozos, con gritos desgarradores, con pérdida del conocimiento y la razón.

                    Cuando reaccionó, se encontró parada en una esquina, mordiendo una manzana verde, mirando como se acercaba un hombre con un libro azul que avanzaba lentamente abriéndose paso en medio de la dictadura.




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EL VIEJO

... ser joven y no ser revolucionario,
es una contradicción hasta biológica;
pero ir avanzando en los caminos de la vida
y mantenerse como revolucionario
en una sociedad burguesa, es difícil...
Salvador Allende.


A mi camarada padre...


                    Yolanda tenía dieciséis años y toda la locura de la adolescencia vibraba dentro de ella. Su vida había sido, hasta entonces, un tanto curiosa. Educada por un padre marxista e ilustrado, tenía una visión grandiosa de la humanidad y su futuro. Había tenido contacto, desde muy pequeña, con los compañeros de partido del viejo Bernardo y, para la campaña de Allende, cuando apenas tenía trece años, se integró a la vida militante.

                    El viejo Bernardo era exigente. Quería las mejores notas, la mejor imagen y el mejor futuro para su hija. La educó en un colegio inglés y la inscribió en el conservatorio para estudiar piano. La niña debía transformarse en una mujer culta y autovalente. Imponía también una disciplina rigurosa y, tal vez porque Yolanda incorporó muy temprano la disciplina intelectual, no le quedó espacio para incluir en su vida ningún otro tipo de disciplina.

                    Con una intensidad desmesurada y una velocidad vertiginosa acumulaba sensaciones, compromisos, aspiraciones, ideales, amigos, relaciones y amores adolescentes que se forjaban y se disolvían con enorme soltura y naturalidad.

                    Sus primeros pololeos tuvieron la poesía y el atractivo de lo oculto. No imaginó, en ese límite de la infancia, lo que le serviría en el futuro esa vocación por la clandestinidad.

                    El día del golpe, el viejo Bernardo, temiendo lo peor, cerró las puertas de su casa y guardó a su familia bajo siete llaves.

                    Con toda calma, Yolanda  puso en su bolso de colegio una botella de agua oxigenada, un poco de gasa, una tijera, un libro y otras cosas que consideró adecuadas para combatir al fascismo y hacer la revolución. A medio día, al filo del toque de queda, se descolgó por el balcón del segundo piso y partió a integrarse a la resistencia.

                    Un par de días después, Yolanda tuvo que volver con la cola entre las piernas, sin haber derrotado al ejército ni muerto en el combate, únicas alternativas que se había planteado al saltar por el balcón. Su preocupación fundamental al tocar el timbre de la casa de sus padres, era la zurra que le iban a dar por haberse mandado a cambiar de esa forma.

                    Le sorprendió que la abrazaran aliviados y contentos. Su mente no alcanzaba a procesar la tragedia que había significado su ausencia.

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                    La reconstrucción del Partido fue lenta y difícil. Después que se produjo la hecatombe del 73, muy pocos se atrevían a retomar contacto, a juntarse con otros, a planificar una reunión. Nadie conocía las medidas elementales de seguridad y hubo que inventarlas sobre la marcha, a partir de nociones muy vagas que manejaban algunos expertos improvisados que muchas veces cayeron presos o desaparecieron.

                    Muchos viejos se retrajeron en sus casas y trataron de proteger sus vidas y la de sus familias. El peso del miedo, las responsabilidades con sus hijos, el aborto del proyecto y el dolor de las pérdidas de todos los tipos, aplastaron sus ilusiones dejándolos paralizados en la angustia.

                    Los primeros que levantaron cabeza fueron los jóvenes. Quince o veinteañeros convencidos y resueltos que sentían que existía el derecho a soñar y el deber de construir esos sueños. Aterrados e ignorantes, vencían cada día y cada hora el espanto de la posible suerte inmediata, alentados por las bondades del futuro.

                    Aprendieron a mirar para atrás en forma imperceptible, a subir a las micros de una nueva manera, a mirar las vitrinas fijándose en el reflejo de los vidrios. Aprendieron a compartir hasta el cepillo de dientes con el camarada que estaba en apuros.

                    Cerca de octubre, aparecieron en la casa de Bernardo los primeros enviados del Partido después del golpe. Eran Mariana y Carlos; ella, una liceana de no más de dieciocho años y él, un estudiante de derecho de unos veintidós.

                    Plantearon la necesidad de reagruparse y reactivar la organización. Hablaron de luchar contra la dictadura y mencionaron palabras nuevas como resistencia y clandestinidad. La conversación fue en privado en la sala de música. Yolanda escuchó lo que pudo detrás de la puerta.

                    El viejo Bernardo les pidió que no fueran ingenuos, que no se arriesgaran.            - Ustedes no han dimensionado lo que esto significa - les dijo. Esta gente ha actuado en forma sanguinaria, sin escrúpulos.

                    Demás estaba decir, que a todos los temores ya existentes, se sumaba el de hacer trabajo político conducido por estas criaturas.

                    Los muchachos salieron de la habitación sin haber logrado éxito en su labor de reclutamiento. Al salir saludaron a Yolanda. Mariana se acercó y le dio un abrazo cariñoso. ¡Qué alegría verte!, dijo en voz alta. - Te espero en la iglesia franciscana mañana a las cuatro, - susurró al separase.

                                                           ******

                    Pasaron los años y el viejo Bernardo se reintegró al Partido. Le costó asimilar las medidas de seguridad y la rigurosa disciplina del trabajo conspirativo, pero haciendo un esfuerzo y cometiendo unos cuantos errores lo fue logrando con éxito.

                    Tenía grandes condiciones para realizar labores de educación política, tarea de gran importancia considerando que el promedio de edad de los militantes del partido aún no superaba los veinticinco años.

                    Comenzó a enseñar a tres o cuatro compañeros, luego a otros y, en poco tiempo, lo mandaron a llamar de la dirección regional para que se hiciera cargo del área de educación.

                    Lo recibieron con cariño y alegría. Eran pocos los viejos que practicaban una militancia activa. Se hicieron las presentaciones: el compañero Manuel, la compañera Victoria, el compañero Vicente... ¿Cómo es su nombre compañero? Nicolás, dijo el viejo, recordando en el último segundo cambiarse el nombre.

                    El tiempo siguió su curso y el viejo Nicolás pasó a ocupar un espacio importante en el colectivo de trabajo. Sus anécdotas e historias alegraban la rutina y alimentaban el espíritu de los jóvenes militantes. Ellos a su vez, le enseñaban, no siempre con éxito, las prácticas del clandestinaje. Muchas veces debían llamarle la atención por hablar más de la cuenta y entregar muchas luces acerca de su vida personal.

- La vida personal debe mantenerse al margen del Partido compañero Nicolás. Nosotros no debemos saber quién es usted, dónde vive ni qué hace. Saberlo es un peligro.

- Se me olvidan estas cuestiones compañero. Yo me formé en otras condiciones... Pero no se preocupe, soy cuidadoso.

                    Por esos días se realizó la gran Conferencia Regional. Asistieron delegados de todas las comunas. El viejo se dirigió a los jóvenes con vehemencia. Les habló de sueños e ideales, del compromiso con el pueblo y la revolución, de la futura patria socialista. Habló también de su admiración por los jóvenes, por su consecuencia y valentía.

                    Los ojos de los nuevos quinceañeros brillaron con emoción. Nunca habían escuchado hablar a nadie de ese modo, con tanta convicción y trascendencia. Sus maestros, los antiguos quinceañeros, hablaban de urgencias, de derrocar a la dictadura, de recuperar una deslavada democracia de la cual apenas tenían recuerdos, de medidas de seguridad, de señales, de prácticas. No, de este modo, nadie les había hablado antes...

- Creo que el viejo ha sido el mejor aporte del ultimo tiempo - comentó Manuel.
- No me cabe duda - respondió Victoria.
- En todo caso encárgate de salir con él para que no vaya a meter la pata. El viejo no ha podido cachar el sistema de trabajo.
- No te preocupes, yo me encargo.

                    No era primera vez que Victoria debía hacerse cargo de conducir a Nicolás. De hecho le había enseñado gran parte de la práctica rutinaria.

- ¿Vamos compañero?
- Vamos compañera. Hasta pronto camaradas. ¡Salud y larga vida a los constructores de la patria socialista!

                    Victoria y Nicolás fueron casi los primeros en salir. A la distancia vieron a la parejita de liceanos que pololeaba arrimada a un árbol. El muchacho paso el brazo por el cuello de la niña y le desató el pañuelo blanco que llevaba amarrado en el pelo.

- Todo bien - dijo Victoria. Podemos salir.
- Bien compañera.

                    Caminaron una cuadra y se despidieron.

- Cuídate, dijo el viejo.
- Cuídese usted también...

                    Avanzaron unos metros en direcciones opuestas y ella escuchó la voz del viejo:

- ¡Ah, Yolanda! ¡Cuándo vayas el sábado a la casa no te olvides de llevarme el libro!


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LA PANTERA ROSA

A los invisibles que inspiran la vida de los visibles…

Ludovica Squirru

Con amor, a mi hermana Susana



                    Ella era de esos personajes que no pueden existir en la realidad, tanto porque le costaba aceptar que ésta fuera tan pedestre y prosaica, como porque todo lo que se relacionaba con ella, incluyéndola a ella misma, parecía una ilusión.

                    Era tan delgada, que era fácil imaginarse que de pronto se elevaría o simplemente se desvanecería. Su cabeza estaba llena de música y de sueños. A veces andaba por ahí, tarareando un concierto y, sin mediar causa aparente, se quedaba mirando a la distancia como nostalgiando ese amor maravilloso que siempre imaginó y nunca tuvo. Y no porque no tuviera amores, sino porque nunca fueron suficientemente sublimes.

                    Ella no camina. Flota. - decía muchas veces Gerardo cuando hablaba de su hermana.

                    El golpe de estado la obligó a parase en el suelo, justo cuando éste era menos estable. Su extremada sensibilidad la hacía deplorar la dictadura por antiestética y perversa. Más tarde, dolores personales, la harían percibirla con horror y repulsión.

- ¿Por qué no militas, flaquita? - le planteó alguna vez Gerardo. Eres tan inteligente y tan capaz. Serías un gran aporte. Además nadie sospecharía jamás de ti...
- No sirvo para eso Gerardo... Ya tengo suficiente con el miedo que paso por ti y además están los niños.

                    Gerardo frente a eso no tenía argumentos. En realidad los pobres niños perecerían sin ella, ya que el imbécil de su cuñado nunca alcanzó a enterarse de la clase de mujer que se farreó, ni mucho menos de  las responsabilidades de la paternidad.

                    Pero ella ayudaba en lo que podía. Recibía un mensaje, entregaba un paquete o, simplemente escribía algún papel a máquina cuyo contenido nunca consideró imprescindible entender.

                    Ella vivía con los niños y la vieja nana que ya había criado a dos generaciones, en la enorme casa paterna. Era un mastodonte de dos pisos ubicado en la esquina de dos antiguas calles empedradas de adoquines.

- Flaquita, tienes que hacerme un favor, - le pidió un día Gerardo. Va a venir una compañera a retirar este paquete. Ella no debe saber que yo tengo alguna relación con esta casa. Va a preguntar si aquí hacen costuras y tú, simplemente le entregas el paquete.

                    A las siete en punto, hora indicada por Gerardo, sonó el timbre. Una mujer alta y maciza, con cara bonita y sonriente estaba en la puerta.

- ¿Aquí es dónde hacen costuras?
- ¿Costuras? No... En realidad por aquí cerca no hay ninguna costurera.

                    La mujer se quedó estática, desconcertada y sin sonrisa. Teresa en cambio sonrió amable.

- ¿Te puedo ayudar en algo más?
- No... Es decir, sí. ¿Estás segura de que no hacen costuras?
- No. Costuras no... ¡Ah, flauta! ¡El paquete de mi hermano! Sí, si hacemos costuras... es decir no es mi hermano... pero sí, tengo el paquete. ¡Horror! Lo estoy haciendo pésimo. Yo le he dicho a Gerardo que no sirvo para esta payasada...

                    La mujer se rió de buena gana. Miró con curiosidad a ese personaje flacucho que corría de un lado para otro, abriendo cajones y cerrando puertas, tratando de encontrar el dichoso paquete. Por fin pareció acordarse que lo había escondido encima de una vitrina y acercó una silla. El paquete dio tres vueltas en el aire y miles de papeles volaron desparramándose por la enorme habitación.

                    La mujer alta se reía con lágrimas. Teresa se deshacía en explicaciones y reproches. Yo le he dicho a Gerardo... -insistía en meter la pata. Yo le he dicho que yo no sirvo para esto porque soy igual a la Pantera Rosa, que hace una idiotez detrás de la otra...

                    Las dos mujeres se agacharon y trataron de desarmar el entuerto. Finalmente las dos reían. Una vez que el paquete estuvo armado, la mujer alta se le acercó cariñosa.

- Ha sido un gusto conocerte. Eres muy divertida. ¿Cómo es tu nombre?
- Te... ¿El de verdad? ¡No! - pensó en voz alta, teniendo una iluminación tardía de precaución. Pantera. Pantera Rosa a sus órdenes.

                    La mujer se alejó riéndose sola. Esta flaca me alegró el día, el mes, la dictadura completa.

                                                           ******
                   
                    La compañera Pantera se transformó en la ayudista más preciada. Todos los que la conocían le tenían cariño y simpatía. Reconocían en ella la valentía y la buena voluntad más desinteresada y humilde.

                    Tiempo después, Gerardo le encomendó una tarea bastante más compleja. Se trataba ni más ni menos que de prestar la casa para realizar una escuela del Partido. Un montón de gente debía encerrarse durante todo el día, desde las ocho de la mañana hasta la noche.

                    La casa se prestaba, porque estaba en un barrio tranquilo y tenía acceso a dos calles. Además era enorme, se podía trabajar en comisiones y el inmenso dormitorio de sus padres era capaz de acoger perfectamente una reunión plenaria.

- Flaquita. Tú tienes que estar porque yo voy a estar trabajando y no voy a poder preocuparme de hacer de anfitrión. No tienes que hacer nada. Ellos cocinan, sirven, lavan y dejan hecho el aseo, pero prefiero que estés, por si hay que abrir la puerta, contestar el teléfono y esas cosas.

                    Esas cosas no pasaban mucho. Nadie venía ni llamaba por teléfono. Los amigos que podían haber llamado ya no estaban, pero en fin, no era lo único que había que hacer. De partida había que mantener entretenidos a los niños y embolinar a la vieja Rosa.

                    Las cosas marcharon perfecto desde temprano. Los delegados comenzaron a llegar en parejas o de a uno.  Teresa miró por la ventana y vio a un par de liceanos sentados en la cuneta, con aspecto de cimarreros, que cada cierto tiempo abrían o cerraban una revista de espectáculos, coincidiendo más o menos con las llamadas a la puerta. Entraban unos por la puerta del garage, otros por la entrada principal. En cuestión de una hora ya estaban todos adentro.

                    La Pantera se comportó a la altura de una avezada militante, sin hacer ninguno de sus frecuentes numeritos. Al contrario. Recibió a toda la gente, los hizo pasar al dormitorio grande. Allí, la gigantesca mesa redonda sobre la cual sus padres habían contado por años la plata de las ventas del día y donde habían jugado a los naipes los domingos de invierno, serviría de lugar de trabajo a sus extraños invitados.

                    Se encargó también de administrar la preparación del almuerzo, de mandar innumerables cafecitos y de encender velas para disipar el humo de los incontables cigarrillos. La vieja Rosa insistía en llevarlos personalmente, pero ella la convencía suavemente...

- Yo llevo eso niña. Pase para acá, que está pesado...
- No seas mala Rosa, yo subo. ¿No ves que hay un amigo de Gerardo que me gusta?
- Si es por eso... Estaría bien bueno, pues...
- Anda a levantar a los niños y los llevas a dar una vuelta ¿Ya?

                    Pero Rosa estaba demasiado intrigada. ¿Qué hacía esa gente encerrada ahí, toda la mañana? Mucho más intrigada quedó cuando el anciano de pelo largo que había llegado a medio día salió del baño completamente calvo. Teresa sabía que era una de las personas más buscadas del país, pero su aspecto bonachón le hizo olvidar el susto.

- Con qué gente tan rara se está juntando Gerardito, alegaba la Rosa cada cierto rato. A mí no me gusta esta gente. Me da miedo.

                    Rato después, Teresa encontró las tazas vacías en la cocina. En un descuido, Rosa había subido a retirarlas. En cuanto pudo ver a Gerardo a solas Teresa le advirtió:

- Ten cuidado Gerardo. No se te olvide que la Rosa ve televisión. Cualquier rato reconoce a alguien y le da un infarto...
- Flaquita, por favor, ve tú como la haces lesa...
- No te preocupes. Finalmente la Rosa va a encontrar buena cualquier cosa que tú hagas.

                    Al anochecer, cuando los pasos del último de los delegados se alejaron por la calle empedrada, la vieja Rosa, llamó a Teresa.

- Mire Teresita. Yo ya estoy muy vieja y a mi nadie me hace lesa. Yo sé perfectamente en qué estuvo Gerardito con esa gente tan rara todo el día.

                    Teresa quedó muda. Mal que mal la vieja los conocía tanto. Pero se tranquilizó al pensar en lo mucho que quería a Gerardo.

- Y para que sepa, estoy bien asustada le diré. No hay derecho a hacer estas cosas tan peligrosas en esta casa donde está usted y los niños... Por último, yo, ya soy una vieja.

                    Tiene razón, pensó Teresa. Un escalofrío la recorrió de sólo pensar en los niños... La vieja Rosa seguía alegando.

- Es el colmo que Gerardito, con esa gente tan rara, se hayan pasado todo el día haciendo espiritismo en la mesa de su mamá... y usted prestándose para llevarles velitas y leseras... ¿No ve que a mí nadie me hace lesa?

                    Teresa sonrió y rió para sus adentros. ¿Su hermano de medium? ¡Jamás se le habría ocurrido!

- Nadie te quiere hacer lesa viejita. Y no te asustes. Gerardo sólo llama a los buenos espíritus. Él es tan especial... ¿No te has fijado que no camina? ... él flota.


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DESDE QUE SE FUE…

Uno busca lleno de esperanzas…
Enrique Santos Discépolo.

… a  Claudio Venegas Lazzaro, compañero de sueños.


                    En ese tiempo éramos todos cabros chicos. Soñábamos con un socialismo que no teníamos idea como era, pero que suponíamos que era mejor que la realidad que se vivía; nunca imaginamos entonces que esa realidad era infinitamente mejor que lo que vendría después.

                    El nuestro, era un barrio extraño para una patota de chiquillos. En realidad era un barrio de viejos, donde raras veces se veían niños y jóvenes; tal vez por eso, nuestro bullicioso grupete se notaba más y fue tan importante en nuestras vidas. Casi todos éramos hijos de familias de izquierda, de tradición militante; nos conocimos precisamente, gracias a las actividades de los viejos en el CUP, la JAP y todo lo demás.

                    Los personajes del grupo, cuyas edades fluctuaban entre los trece y los dieciséis durante la época de Allende, eran curiosos, extraños, diversos… Casi todo ocurría en la casa de la Doris o en la nuestra. Ella y su hermano chico, el Julio, eran hijos de un viejo comunista, que era modisto y sastre. Su casa era grande y vieja, con galerías de vidrios chiquititos y de colores que daban a un patio en que había una palmera, que más de alguna vez fue testigo de los primeros besos adolescentes de algunos de nosotros. La Doris era una niña linda, cariñosa y risueña, que siempre estaba dispuesta a matricularse en cuanto panorama se nos ocurría inventar… su hermano chico, el Julio, tocaba en el acordeón unas melodías de tiempos inmemoriales que hacían sonreír a las dos abuelas que había en la casa, recordando que sé yo qué picardías de antaño.

                    Al frente de esa casa había un pasaje; una especie de cité, con casitas hacia los lados. Ahí vivían Renzo y Mauricio, los hijos de doña Maigo y un italiano que hacía años había sido su marido. Mauricio era un romántico, admirador de los Beatles cuando ya no se usaban y que compartía de lejos nuestras frescas y juveniles ideas revolucionarias. Renzo, se integraba a los trabajos militantes de la juventud socialista, con una indisciplina cuidadosamente cultivada. Junto a él aparecía siempre el Claudio Venegas, que era casi su hermano; era hijo de la tía Nena, una amiga de su mamá con unos ojos verdes, inmensos, que no tenía nada que ver con la cultura de izquierda. Las convicciones políticas de Claudio se habían acunado más bien en la familia de Renzo. Claudio era un gallo flaco, como un espíritu, interminablemente alto, con una cara huesuda y divertida, que se asomaba detrás de sus lentes de miope, como haciendo el esfuerzo por distinguir las siluetas desde la altura.

                    Mi hermana y yo éramos las “niñitas”. Las dos tocábamos el piano, y pertenecíamos a la familia más estructurada y tradicional del lote… su estabilidad, era tan sólida como la democracia, pero en ese entonces no se nos pasaba por la mente ninguna de las dos cosas. Nuestra casa era grande; estaba en una esquina, en una callecita con balcones y árboles, y tenía diversos espacios para acoger varias reuniones simultáneas. Allí, solíamos reunirnos a conversar, cantar, planificar las actividades militantes y soñar con el socialismo. Por las tardes, nuestras risas y bullas invadían la calle silenciosa, empedrada de adoquines.

                    Los sábados y domingos salíamos a pasear, generalmente al cerro San Cristóbal o al Parque Forestal. Allí, subíamos inventando caminos y parábamos a cantar en algún claro, entremedio de los árboles. Nos gustaban los tangos (una curiosidad para nuestra generación), pero incluso solíamos bailarlos al compás del piano, en las tardes de invierno. “Caminito” era el himno obligado de esos paseos al cerro. Allí, parado en una piedra, el flaco Claudio, estiraba su larga humanidad y cantaba a voz en cuello… Su facha desgarbada hacía brotar las risas y, en medio de ellas, todos terminábamos acompañándolo en su sentida interpretación.

                    Éramos felices y la felicidad del mundo estaba en nuestras manos. “El presente es de lucha; el futuro es nuestro”, decía la consigna… Nosotros la tomábamos al pie de la letra y trabajábamos con compromiso y convicción, sin tener la menor idea que sólo el presente era nuestro y el futuro sería de lucha.

                    Renzo, Claudio, mi hermana y yo éramos socialistas; por eso tal vez, constituíamos un grupo más unido. Yo amaba a Renzo como si fuera mi hermano y mi hermana amaba a Claudio como si no lo fuera. Cuando comenzaron a pololear, ella tenía trece años y Claudio dieciséis.

                    Nuestros trabajos eran sencillos, pero nosotros los asumíamos con la plena convicción de que el futuro de la patria dependía de ellos. Había que repartir los vales de la JAP, casa por casa, hacer trabajo voluntarios limpiando las rejillas de los colectores de agua, ayudar a ordenar las colas, los días en que llegaba mercadería… Íbamos y volvíamos caminando a la sede del Partido, atravesando completo el Parque Forestal.

                    Una mañana, llegó Claudio temprano a mi casa. “Parece que hay problemas, cuñada”, me dijo. “Hay que reunirse temprano para irnos luego y no llevarse ningún papel; los milicos están controlando todo, allanando y revisando a las personas”. Eran los primeros días de septiembre del 73; comenzaba a nacer un temor que duraría más que la vida que teníamos hasta entonces. El golpe se veía venir de un momento a otro. Uno de esos días, fuimos juntos a la concentración del teatro Caupolicán y escuchamos con atención a Altamirano. Es lo último que recuerdo de esos días felices.

                    Varios días después del golpe, comenzamos a vernos. Ya no éramos los mismos. Supimos, desde el primer día que nuestra vida, junto con la de todo el país, había cambiado para siempre. Claudio era el más afectado. Probablemente por que su vida no era fácil, sus sueños y expectativas eran más profundos; tal vez, porque porfiadamente creyó en lo que nadie en su familia creía, creyó más firmemente. El flaco entró en un mutismo asombroso; su cara divertida pasó a ser una mueca. Su silencio presagiaba algo tremendo.

                    Pasaron los meses y volvimos a atrevernos a salir. Nuestros paseos eran lo único que quedaba de nuestra rutina de adolescentes. Las caminatas eran más silenciosas y cansadoras, pero necesitábamos conservarlas. Mantengo patente una imagen de esos días, allí, en el cerro San Cristóbal. El mismo Claudio, cantando el mismo tango, eran otro Claudio y otro tango. Nosotros, en silencio lo mirábamos y algunos tarareaban junto a él… Ya no habían risas, todo era extraño. En ese momento no supe por qué el “he venido por última vez, he venido a contarte mi mal” me produjo un escalofrío; el resto de mi vida lo he sabido: es la última imagen que conservo de Claudio. La semana siguiente, en el primer aniversario del golpe, fue detenido en la puerta del liceo Lastarria, repartiendo panfletos contra la dictadura.

                    Todo lo que vino después fue como una pesadilla. Recuerdo a mi hermana llorando todas las tardes, mientras tocaba en el piano una interminable Serenata de Schubert, que era la pieza preferida del flaco. Lloró, por más de un año; la Serenata de Schubert me quedó grabada en el cerebro y hasta el día de hoy no soy capaz de escucharla.

                    Los ojos de la tía Nena se hicieron cada vez  más verdes de tanto llorar y más grandes a causa de la locura que empezó a atraparla. Ella no entendía por qué podía haberle pasado esto a su hijo, a su único bebé. Ella ni siquiera entendía por qué Claudio era un militante de izquierda. Tampoco podía entender la forma de operar de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos; no era militante de nada; era sólo una madre desesperada.

                    A veces llegaba a nuestra casa y nos contaba de sus trámites, sus interminables recorridos, sus esperanzas. “Hoy salí temprano – nos decía. Le dejé un plato de arroz con leche a Claudito encima de la mesa por si llega antes que yo”. Hacía más de un año que no se sabía nada de Claudio, pero ella siempre dejaba la mesa puesta. A nosotros nos partía el alma ver como iba enloqueciendo inminentemente sin que nadie pudiera hacer nada.

                    Mauricio y Renzo partieron al exilio, junto a doña Maigo, cuando ella salió en libertad después de haber estado presa en los peores centros de tortura de la dictadura. Los años siguieron pasando lentamente y de Claudio, nunca más se supo. Mi hermana creció y el día que se casó, apareció la tía Nena y lloró: si ella se casa es porque cree que Claudito está muerto – dijo. Creo que esa es la última cosa cuerda que la escuché decir


                    Años después me casé yo. Le pedí a la tía Nena que me hiciera unas flores para el pelo, unas que brotaban de sus manos en forma mágica. Mientras me las probaba en el peinado me decía: he estado tan pobre en estos días que tuve que ocupar la pasta de dientes de Claudito… Ella tenía una maleta con todas las cosas necesarias para sacar a Claudio del país en cuanto apareciera. Cada cierto tiempo reflexionaba: “El niño pasará hambre, estará más flaco…” Entonces iba y compraba unas camisas de talla más chica y cambiaba las que tenía en la maleta. Tiempo después, pensaba: “Ha pasado tanto tiempo, Claudito debe estar un hombre; estas camisas le van a quedar chicas”, y partía a comprar unas más grandes. Tal vez fue una suerte que fuera enloqueciendo, porque debe ser muy difícil sobrevivir a ese dolor en medio de una malsana cordura.


                   En el año 92, la tía Nena terminó de enloquecer y la internaron para siempre. Sus ojos verdes inmensos quedaron fijos en un punto de donde espera, de un momento a otro, ver aparecer a Claudio. Yo, cada vez que puedo subo al cerro, me paro en la roca del flaco y canto, con una voz que me sale desde el útero, “Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar…”. Entonces, mis lágrimas corren por el suelo, y el camino vuelve a marcarse y a pesar del tiempo, el dolor y la locura, la senda que recorrimos juntos no se borra.

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NO CREO EN BRUJOS, GARAY...


La frase mas excitante que se puede oír en ciencia,
la que anuncia nuevos descubrimientos,
no es "¡Eureka!" (¡Lo encontré!)
sino 'Es extraño ...'.

Isaac Asimov


                    A sus 56 años, don Anselmo había acumulado una serie de motivos para quejarse de la vida si hubiera tenido ganas, pero su optimismo fundamentalista le hacía ver el mundo desde una óptica siempre positiva y evaluar a las personas con entera confianza en la buena voluntad de sus actos.

                    Durante su vida, había atesorado una serie de bienes muy preciados entre los cuales destacaban sus cinco hijos, todos adultos, profesionales y con sus propias familias ya fundadas; una cantidad no despreciable de amistades sólidas y profundas; y miles de conocimientos, ideas, sentimientos y pasiones extraídas de la propia experiencia y de varios cientos de libros leídos con toda calma al compás del concierto nocturno sagradamente cotidiano.

                    Contaba también con algunos dolores y fracasos, al menos los necesarios para hacer que la vida se convirtiera realmente en una vida. Había formado una hermosa familia que se esforzó por mantener unida durante treinta años y que se desintegró de un día para otro, sin el menor esfuerzo. Así, después de más de un cuarto de siglo de matrimonio estrictamente monogámico y vida familiar ejemplar, envidiada y comentada por muchas de sus amistades, don Anselmo se encontró soltero y solo cuando cada uno tomó rumbo para donde estaba vuelto.

                    Su natural jovialidad lo llevó a buscar la compañía de los viejos amigos, con quienes compartía por las tardes una botella de vino bien conversada. Entre ellos, no faltaban las discusiones políticas. Se habían conocido hace cuarenta años en las juventudes comunistas y los años no habían pasado en vano por las concepciones ideológicas de la mayoría de ellos. Las de don Anselmo, en cambio, se mantenían incólumes, sin un brote de amarillismo que pintara de renovación sus sólidas ideas.

- Lo que pasa es que este huevón todavía cree en los peces de colores. El marxismo surgió en el siglo XIX y ya estamos al final del siglo XX.
- No podís ser tan romántico, Anselmo, la revolución no es para esta época ni menos para este país.

                    Estos y otros comentarios de sus amigos no lograban amilanar a don Anselmo. Sí; casi al llegar al siglo XXI, él continuaba siendo marxista y todo lo que eso implica: positivista y ateo, humanista y revolucionario.

- Lo que le hace falta a este huevón es una mina para que se deje de andar pensando todo el día en Pinochet - dijo un día su amigo Federico, mientras todos los demás asentían con sus carcajadas.

                    Don Anselmo también se rió. No estaría mal, después de todo. Nunca había tenido espíritu de monje. Mal que mal era marxista y no lama.


                                                           ******


                    Las presentaciones surgieron en forma más eficiente que espontánea. Doña Lucía, vecina de Federico, bien podía ser la elegida para aplacar las pasiones revolucionarias de don Anselmo y las de otro tipo que fuera menester.

                    Ella era una mujer cincuentona, bien formada para sus años que contaba con una amplia gama de recursos y artilugios capaces de seducir a algún representante del género masculino, especialmente si éste se encontraba fuera de training en las artes del amor.

                    Mientras conversaba con su corte de admiradores, sus largas pestañas pintadas subían y bajaban con parsimonia y, cada cierto rato, hacía unos toquecitos en su peinado iluminado por un insólito tono de rojo que la madre naturaleza no había tenido a bien producir por el momento.

                    En poco rato, don Anselmo había sido capturado por los encantos de esta dulcinea que sus amigos le habían puesto premeditadamente en el camino.

                    Federico, impulsado por el repentino recuerdo de un quehacer urgentísimo se despidió y los dejó solos. Un par de vainas y unos dulcecitos hechos en casa por las propias manos de doña Lucy, animaron la conversación que derivó por los más diversos temas.

- ¿Usted cree en el destino? - preguntó la mujer.
- No mucho... - respondió don Anselmo -  pero si hay que creer, creemos - agregó tratando de no contrariarla.

                    Su galantería innata y una rápida mirada dialéctica al asunto le sugirieron que no era el momento de entrar en cuestiones de principios.

- Yo sabía que usted vendría hoy a mi casa, dijo ella coquetona.
- ¿Ah sí?
- Si, por eso estaba preparada - comentó sugerente.

                    El se rió. Este Federico es un bandido, - pensó - tenía todo arreglado.

- ¿Federico le había hablado de mí?
- No, en absoluto. El siempre viene sin aviso.
- ¿Y cómo sabía usted que yo vendría?
- Me lo dijo una amistad que tengo en el otro mundo...
- ¿En el exilio? - preguntó extrañado.

                    Hasta donde él sabía, aún no se habían descubierto habitantes en otros planetas y el viejo mundo europeo era el único "otro mundo" que podía concebir.

- ¡Ja, ja! ¡Qué divertido es usted! Me refiero a mucho más allá...
- ¿Al más allá dice usted?
- ¡Claro!
- ¿Usted conversa con espíritus?
- ¡Casi todos los días!

                    Don Anselmo quedó patitieso. Esto si que no estaba en sus libros. - Lo único que me faltaba - pensó. Pero su coquetería fue superior...

- ¡Qué interesante! ¿Y yo podría conversar con alguna amistad del más allá?
- Pero por supuesto, no faltaba más. ¿Tiene amigos en el otro mundo?
- A estas alturas pues doña Lucy, tengo más en el otro que en éste. ¿Y cuándo podría ser esa experiencia tan interesante?
- Ahora mismo pues... ¿Y con quién le gustaría entrar en contacto?
- Con Salvador Allende - respondió sin titubear.



                                                           ******



                    La güija se encontraba estática sobre el tablero. Un abecedario completo y las palabras SI y NO lucían expectantes frente a ella.

                    Don Anselmo miraba con una sonrisa escéptica.

- Usted tiene que tener una actitud respetuosa si quiere que esto resulte. Esto no es un juego - sentenció doña Lucía.
- No, por supuesto... ¿Qué tengo que hacer?
- Nada. Usted se queda ahí tranquilito no más.

                    Doña Lucía cerró los ojos y adoptó actitud de medium. Un par de minutos pasaron lentos y tensos. La voz de la mujer, calmada y profunda interrumpió el silencio.

- Quisiéramos entrar en contacto con el espíritu de Salvador Allende.
- ...
- Si no hay impedimentos quisiéramos comunicarnos con don Salvador Allende.

                    La güija tembló de manera casi imperceptible. Don Anselmo sintió que se le aceleraba el corazón y se le estiraba el cuero cabelludo.

- ¿Se encuentra presente el espíritu de Salvador Allende?
                             
                    La güija comenzó a girar lentamente apuntando a la palabra SÍ. Don Anselmo, incrédulo, echó una mirada debajo de la mesa.

- Doctor Allende... Aquí se encuentra un caballero que es un gran admirador suyo. ¿Usted estaría dispuesto a conversar con él?

                    La güija dio un giro completo y volvió a apuntar al SÍ. Los ojos de don Anselmo amenazaban con salirse de sus órbitas. Disimuladamente volvió a mirar debajo de la mesa.


- Ya pues, dígale algo - susurró la medium.
- Compañero Allende... ¿Está usted ahí?

                    Don Anselmo  sonreía nervioso. No podía creer lo que se estaba escuchando a sí mismo. No podía ser cierto que estuviera allí conversando con un espíritu. ¿O estaba hablando solo como un imbécil mientras esa mujer se reía a costa de su ingenuidad? Pero no. La mujer estaba demasiado concentrada; sus manos estaban sobre la mesa y nada podía estar moviendo esa cosa sobre el tablero. No era lógico, ni científicamente probable, ni podía ser cierto, pero estaba allí y esto estaba ocurriendo.

                    La aguja tembló y apuntó: "SI".

- Pregunte no más...

                    Don Anselmo pensó un momento y desde lo más profundo de su corazón, lanzó en forma segura y escueta la pregunta que lo atormentaba hace años.

- Compañero Allende: ¿Cuál es el camino correcto en las actuales circunstancias políticas?

                    La güija tembló como si el espíritu no pudiera creer lo que le estaban preguntando. La aguja osciló vibrante (tal vez en una espirituosa carcajada) y en forma casi condescendiente, comenzó a desplazarse por el abecedario.

- S...O...C...I...A...L...

                    ¡Socialismo! - pensó don Anselmo - ¿Pero cómo lograrlo compañero? La pregunta alcanzó a cruzar como una flecha por su mente, pero la güija continuó...

- D...E...M...O...C...R...A…C...I...A
- ¿Socialdemocracia? ¡Es el colmo!

                    Don Anselmo pegó una palmada sobre la mesa y se puso de pié furioso. El tablero brincó violentamente con güija y todo.

- ¡Es el colmo compañero! Yo pensé que usted había madurado con toda esta historia...

                    La medium se puso pálida y con voz alterada y rotunda increpó a don Anselmo:

- ¡No pues don Anselmo! ¡Usted no puede faltarle el respeto a un espíritu! Ni menos si es de esta categoría... Muchas gracias doctor Allende... Le ruego disculpar a este amigo... regrese tranquilo... no lo molestaremos más.

                    Un silencio pesado inundó la habitación.



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- Te prometo, Federico, quedé tan desconcertado...
- ¡Ja, ja, ja, ja! Lo único que nos faltaba.
- Si te estoy hablando en serio, viejo. Yo me preocupé de mirar que no hubiera nada debajo de la mesa. No había como mover esa payasada.
- ¡Buena cosa, Anselmo! ¿Viste que la vía revolucionaria no se usa ni en el otro mundo? ¡Ja, ja, ja, ja!
- No te rías imbécil. Te estoy hablando en serio.
- ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Por qué no aplicas tu análisis materialista de la realidad? No me vas a decir que ahora crees en los espíritus.
- Claro que no creo pues hombre, pero piensa que raro... yo no creo que esa señora ni siquiera sepa lo que es la socialdemocracia... La respuesta es muy de Allende, por lo demás. ¡No puede estar tan equivocado!
- ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Qué cosa más buena!
- ¿De qué te ríes tarado?
- De ti, pues hombre... ¡Ja, ja! Te presento una mina, te dejo solo y tú te pones a pelear con un espíritu que no existe. ¡Estás cada día más huevón pues hombre! Los espíritus no existen viejo... no existen.
- Así será... pero de haberlos los hay, Federico...los hay.


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DE LOS DESAMPARADOS SERA EL REINO

A la memoria del padre Manuel Montecinos


Bienaventurados
los que son perseguidos por causa del bien,
porque de ellos será el reino de los cielos.

Lc 6,10


                    La misa estaba a punto de terminar. Como todos los domingos la iglesia estaba llena y la voz del cura se oía hacia afuera por los altoparlantes instalados en el campanario. Todo el mundo podía escuchar la homilía dominical; los que querían y necesitaban escucharla para consolar y esperanzar el alma y los que no querían ver ni oír lo que pasaba.

                    Marcos se coló entre la gente que estaba de pie cerca de la puerta y alcanzó a escuchar los últimos coros repetidos por los feligreses.

- Roguemos por los más pobres y desamparados, por los que sufren dolor y enfermedad...
- Escúchanos Señor te rogamos...
- Roguemos por los que son perseguidos y se encuentran en las cárceles...
- Escúchanos Señor te rogamos...
- Por la paz y la justicia que tanta falta hacen en nuestro país...
- Escúchanos Señor te rogamos...

                    Cualquier día se van a dejar caer los milicos y se van a llevar al cura con gente y todo - pensaba Marcos mientras trataba de abrirse paso por el pasillo lateral con la intención de interceptar al sacerdote justo cuando terminara la misa.

- Que la paz del Señor esté con ustedes...
- Y con tu espíritu...

                    Marcos se apuró y entró a la salita lateral a la sacristía, donde el sacerdote se cambiaba de ropa después de la misa. Allí se distrajo observando el inmenso mural que representaba el taller de carpintería de San José y a Jesús aún niño observando a su padre mientras trabajaba. La entrada del cura lo sacó de su ensimismamiento.

- Hola chico ¿Estabas en misa?
- Para qué le voy a mentir padre... llegué al final.
- Cuando te conviene no más te acercas a la Iglesia...
- Pero no se trata de mi conveniencia personal padre...  
- Ya sé, ya sé... si no te mandaba a la cresta al tiro no más.
- ¡Qué lenguaje para un pastor de almas padre!
- Ya déjate de joder y dime a qué viniste.
- Quería molestarlo padre... Necesito hacer una reunión.
- ¿Reunión de qué?
- ...de un Centro Cultural...
- ¡No me vengas con chivas pues chico, que ahí si que me da la rabia!
- ¡Pero qué quiere que le diga pues padre!
- Que me digas la verdad chico, la verdad. ¡Si los curas no somos huevones! Sabemos perfectamente para que prestamos las instalaciones de las parroquias.
- Es por su seguridad pues padre. Mientras menos sepa, menos riesgo... Más vale que pase por huevón que por extremista... disculpe que se lo diga así...
- Eso es problema mío chico. Para el caso igual me consideran extremista. Yo necesito saber quién viene y a qué viene.
- Es una reunión del partido padre, para el próximo sábado.
- ¡Sonamos, chico! Tengo prestadas las salas para el próximo fin de semana... a otro "Centro Cultural" ¿Entiendes?
- Comprendo...
- ¿Ves por qué es importante que no traten de hacer lesos a los curas? ¿O pretenden encontrarse aquí haciendo la "cultura" todos revueltos?
- Sería peligrosísimo, por supuesto.
- Anda a hablar con las monjas de allá de Conchalí de mi parte. Tal vez ellas te puedan solucionar el problema.
- Si les puede pegar una llamadita le agradecería...
- Si ya te ubican, pues chico. Diles que yo no les pude ayudar.
- Muchas gracias padre. Hasta luego... ¡Ah! ¿Necesita alguna ayuda?
- Dedícate a lo tuyo no más chico. Cuando yo los necesite los llamaré. Que te vaya bien ... ah, y diles la verdad a las monjas.


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                    Marcos siempre había pensado que el cura era un personaje inventado por algún escritor. No podía existir un cura así en la realidad.

                    Lo conocía desde chico. De hecho lo había bautizado a él y a sus hermanas, los había casado y le había dado la extrema unción a sus abuelas, además de hacer todas las misas de difuntos de su familia. Pero, en realidad, Marcos tuvo desde niño una relación mucho más cotidiana con el sacerdote. Había sido compañero de curso de su padre en la escuela preparatoria y los había unido una intensa y curiosa amistad. Su padre, ateo y marxista y el cura franciscano habían practicado por siempre una educativa tolerancia, con un nivel de diálogo profundo y una actitud admirablemente solidaria.

                    El padre Gabriel había sido franciscano muchos años y cuando su madre enfermó gravemente pidió una dispensa para cuidarla hasta su muerte. Paralelamente fue capturado por el signo de los tiempos y su opción por los pobres lo llevó a tomar otros compromisos con el mundo.

                    Fue capellán de la cárcel, hasta que la Iglesia decidió que era un cargo poco conveniente para semejante cura que insistía en andar gritando verdades a los cuatro vientos.

                    En tiempos del gobierno popular de Salvador Allende fue elegido presidente de su junta de vecinos, ganándose el cariño y el respeto de la mayoría y el odio de los suficientes para que llegado el día del golpe los milicos entraran a su casa como a un campo de batalla, rompiendo y quemando todo lo que encontraron, que a decir verdad era bastante poco, y llevándose al cura al regimiento más cercano.

                    Nada de esto fue suficiente para hacerlo callar. La Iglesia trató de acomodarlo en algún sitio en que no causara estragos y fue nombrado capellán del cementerio. ¡Hasta ahí no más iba a llegar limitado a decir misas de difuntos! Pero el cura porfiado y cascarrabias se las arregló para hacer surgir en las oficinas aledañas al cementerio un servicio médico gratuito y un centro cultural donde bullían los jóvenes, las guitarras y las risas. Para Marcos, el cura era la personificación del milagro; donde él llegaba brotaba la vida, incluso en un lugar tan poco propicio.

                    Las reuniones proliferaron en las oficinas del cementerio. Centros culturales, juveniles y deportivos se daban cita todas las tardes hasta que un día se dejó caer el aparato represivo y resultaron ser células comunistas, socialistas y demases. Entonces el cura determinó que la política de hacerse el leso era más peligrosa que saber.

                    "Diles la verdad a las monjas" - resonó en la cabeza de Marcos mientras golpeaba la puerta lateral de la capilla.


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                    La hermana Angélica era una monja española, aparentemente escapada de una película de Disney.

- Buenos días - saludó, mirando por encima de sus pequeños anteojitos mientras se secaba las manos en una especie de delantal del mismo color del hábito.
- Buenos días hermana, venimos de parte del padre Gabriel.
- Entonces debéis ser buenos chicos - dijo riéndose - Ah, pero si a ti ya te conozco pilluelo...Bien, pasen, pasen... cuéntenme... ¿Cómo está el padre?
- Está muy bien hermana, lleno de trabajo, como siempre.
- Debería descansar y cuidarse más. ¿No es cierto? ¡Con la falta que hacen sacerdotes como él!... Bien díganme... ¿En qué los puedo ayudar?
- Queremos pedirle un favor inmenso... necesitamos un lugar para hacer una reunión el próximo sábado.
- ¿El sábado eh? ¿Y es mucha gente?
- Somos pocos, pero es larga...
- Ah... sois pocos ¿Como cuántos?
- Somos seis.
- Bien, bien... puede ser aquí mismo. No hay problema chicos.
- ¿No hay problema? Sería desde las nueve... No vamos a llegar todos juntos.
- Ya lo sé, ya lo sé... vosotros sabéis mejor que nadie esas cosas.
- Muchas gracias hermana. Hasta el sábado.
- Hasta el sábado chicos.
- ...Ah, hermana. No queremos engañarla. Se trata de una reunión de partido.
- Me imagino, me imagino - dijo riéndose - Vosotros no engañáis a nadie. Sois amigos del padre Gabriel y punto final. Haced vuestros asuntos tranquilos y cuidaos mucho...


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                    Curas y monjas habían entrado de esta forma en el círculo de amistades de Marcos. Así conoció al padre Jacobo, un español vasco, cuya parroquia se levantaba en medio de un barrio pobre de la zona norte de Santiago. Su nostalgia de España y sus ganas de conversar eran tan infinitas que uno podía pasarse tardes enteras escuchando sus cuentos y sus alegatos contra Franco.

                    Pero de todos esos personajes con hábitos y sotanas el padre Gabriel era sin duda el más insólito.

                    Era un hombre pequeño, de pelo y barba blancos que siempre estaba ocupado haciendo algo. Desde niño, Marcos lo miraba extasiado como a un ser emergido de la fantasía. A pesar de hacerse declarado no creyente a muy temprana edad, el cura lo hacía entrar en dudas, ya que en torno a él ocurrían verdaderamente milagros. Se frotaba los ojos cuando veía al cura sentado con sus dos perros enormes echados a sus pies y cuatro o cinco gatos trepando por sus pantalones y su espalda, tratando de pelotear con sus manitos las migas que el cura le lanzaba a las docenas de palomas que llegaban a su patio, las que ni siquiera se espantaban con los gritos de dos loros que volaban libres de rama en rama entre los árboles de la parroquia. Esa escena fue la idea de milagro que Marcos siempre tuvo en su mente.

                    Cuando conoció su dormitorio, tuvo otra vez la misma sensación. Era una habitación casi vacía, con una cama de una plaza, una especie de velador con una lámpara y un closet sin puertas que dejaba ver dos o tres mudas de ropa. ¿Es decir que el voto de pobreza realmente existe? - se preguntó Marcos lleno de sorpresa ante el nuevo milagro.


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                    El padre Gabriel siempre había colaborado con la causa sin pedir nada a cambio. Por puro formalismo Marcos siempre le preguntaba si necesitaba ayuda y el cura siempre le había contestado "dedícate a lo tuyo". Alguna vez, cuando se recibió de profesor, hizo clases gratuitas en el Centro Cultural del cura, pero no porque él se lo pidiera, sino porque le pareció un deber mínimo.

                    Lo más difícil durante la dictadura era conseguir lugares para reunirse. No podían ocuparse las casas de la militancia y las de los ayudistas no siempre eran seguras o estaban disponibles. Así las cosas, la ayuda de los curas y monjas era indispensable.

                    Ese día se dirigió a la parroquia a pedirle uno de los consabidos favores. Esta vez era algo complicado, ya que se trataba de una Conferencia Regional del Partido y por lo tanto se necesitaban las instalaciones de la parroquia que eran más amplias y seguras. Iba preocupado, ya que la actividad involucraba mucha gente y duraba dos días. No sabía si realmente iba a ser posible conseguir el lugar.

                    Para su sorpresa, el cura no puso objeciones. Pensó un rato y preguntó cuántos eran.

- Somos hartos, como treinta.
- Qué bien... - dijo el cura pensativo.
- ¿Qué bien? - preguntó Marcos perplejo.
- Si, me alegro, me alegro... - sonrió guiñando sus ojos azules.
- ¿Necesita algo padre?
- Hum... ¡Sí! Esta vez necesito tu ayuda.
- Diga no más padre, lo que se le ofrezca...
- Todos los que vengan tendrán que traer una donación.
- ¿Una donación para la Iglesia?
- Sí... de algún modo.
- ¿Andan mal sus finanzas padre?
- ¡Ja, ja, ja! ¡No hombre! No necesito plata. Se trata de otra clase de donación...
- ¡Ah! Ropa, alimentos no perecibles, esas cosas...
- No. Necesito lechugas. ¡Miles de lechugas!
- ¿Lechugas? - con tanto hueveo el cura se nos volvió loco, pensó Marcos para sus adentros.
- Acompáñame chico, te voy a mostrar algo.

                    Salieron a la sacristía desde la habitación lateral donde el cura acababa de cambiarse y se dirigieron al patio de la parroquia. Marcos lo siguió mudo, intrigado.

                    La puerta que comunicaba al patio estaba cerrada con candado y un enorme letrero colgaba de la cadena. “Peligro. Prohibido pasar".

                    El cura abrió lentamente la puerta y se asomó hacia afuera.

- Ven chico. Pasa, pasa.
- ¿Qué hay...? - comenzó a preguntar, pero la pregunta se le quedó atragantada con un grito de sorpresa - ¡Chucha padrecito, ahora sí que se volvió loco!

                    Allá, en el fondo del patio, en medio de un griterío de loros y palomas que revoloteaban había un inmenso, pacífico e inocente... ¡elefante!

- ¿De dónde sacó este elefante padre?
- ¡Ja, ja, ja! Es un refugiado... La iglesia abre las puertas a todos los desamparados que necesitan asilo pues chico...
- Ja... ¡No me diga que también es perseguido!
- Es un clandestino, chico, un clandestino... Fíjate que el elefante pertenece a un circo que estaba aquí en la población y cuando el circo intentó cruzar la frontera, el elefante no tenía los papeles en regla, así es que lo tuvieron que dejar...
- ¿Y se va a quedar aquí?
- Un tiempo... Ellos tenían compromisos así es que tuvieron que seguir, pero están arreglando los papeles, así es que mientras tanto será nuestro refugiado.
- ¿Y come mucho?
- ¡Cómo un elefante!
- ¿Y cómo se las está arreglando?
- Con el aporte de la gente... ¡y de los "centros culturales"! - agregó riendo.
- ¡Pero sus feligreses son recontra pobres pues padre! ¿Cómo le van a estar dando comida a un elefante?
- Todos somos criaturas de Dios chico... y los pobres tienen eso más claro que nadie.
- Es cierto...

                    Le dio un poco de vergüenza su comentario... La solidaridad es la máxima virtud de la pobreza... eso él lo sabía. Lo había visto en las ollas comunes, entre los cesantes, entre las dueñas de casa que compartían el pan con la vecina, en las poblaciones donde en ninguna casa faltaba un allegado...


                                                           ******

                    La Conferencia del Partido se llevó a cabo sin novedad. La cuota de diez lechugas por militante fue considerada un tanto extraña, pero la disciplina de la clandestinidad exigía no preguntar demasiado. El tema del elefante en el temario resultó bastante estrambótico, pero el grupo operativo de la Vega Central aportó interesantes soluciones al asunto.

                    Marcos nunca supo qué fue del elefante, pero le gustaba pensar que existía el cielo y que, si era así, allí estaría el cura rodeado de sus gatos y palomas, rascándole la espalda al elefante con una escoba y mirando de reojo hacia abajo con sus ojos azules, sin poder evitar rabiar un poco al observar lo que habían hecho los que estaban aquí abajo de sus vidas individuales y especialmente de los destinos del país.



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VOTO POR TI

Me enseñaste a encender la bondad como el fuego.
Me diste la rectitud que necesita el árbol.
Neruda, A mi Partido


Con admiración y cariño, a mi amigo Eduardo Reyes

De algún modo, en pocas pinceladas, dibujaste un círculo indeleble que circunscribió mi historia. Nunca lo he lamentado. Tal vez, lo único triste, es que haya sido un gesto involuntario de tu parte.

Empezaste a trazarlo esa misma tarde de invierno del 70, cuando entré, tímidamente a la vieja casa de la calle Independencia y te miré, como un mortal observa a un dios del Olimpo. Tú no me viste, es cierto, pero así, desde lejos, te metiste en mi historia.

Al principio la casa era pequeña… ¿Te acuerdas? El Partido sólo arrendaba un par de piezas de la enorme casona. Ahí, detrás de un escritorio destartalado se sentaba el viejo Pérez, el zapatero, a recibir a los nuevos militantes, que llegaban llamados por el entusiasmo de esta campaña de Allende que, por fin, tenía verdaderas posibilidades de tener éxito. No recuerdo si durante la campaña o tal vez en los primeros meses del gobierno, la casa se ocupó completa. Entonces apareció esa sala grande, donde alguna vez te vi hablándole a los compañeros de la Juventud, de algún tema relacionado con las urgencias del momento o de algún sueño, con relación al futuro.

Las piezas eran altas y oscuras. Había pocos muebles. Allí, alrededor de una mesa, estabas reunido con los muchachos de tu liceo cuando me invitaste por primera vez a participar en una reunión de núcleo… de tu núcleo. Los otros se rieron un poco de mi curiosa presencia. Todo era absurdo, por cierto. No sólo era la única mujer en esta reunión de núcleo de un liceo de hombres, sino que además era claramente una niñita, la cabra chica que esperaba de tarde en tarde que su papá se desocupara de alguna reunión. Todos me habían visto, claro, pero tú fuiste el primero que me miró. A la salida me preguntaste cuando iba a ingresar a la Juventud y ese fue el momento de mi ingreso.

Yo te miraba con enorme reverencia y respeto. Eras todo lo que yo no era, mucho de lo cual jamás sería. Eras grande, sabio, independiente, respetado por todos tus compañeros y, por sobre todo, eras proletario. Nadie, ni el Secretario General del Partido, era tan importante e inalcanzable. De hecho yo había estado con el Secretario General del Partido alguna vez y me había atrevido a hablarle sin problemas… Contigo era distinto. Me sentía tan tonta, tan cabra chica, tan inoportuna…

Las tardes, preparando engrudo en el patio de la casa se sucedían vertiginosas en espera de las noches para salir a pegar carteles. Allí estaban el Miguel, el Pedraza, el Acevedo, el Barni, la Ale, el Pepe, el Alfredo y un montón que me ha borrado el tiempo. Y siempre estabas tú, dispuesto a regalarme una mirada, una palabra cariñosa. Yo los veía prepararse para partir, pero nunca pude salir con ustedes. Aún no había hecho la revolución en mi familia y no me dejaban salir en la noche a tales menesteres con semejante compañía.

El tiempo que pasamos en esa casa grande fue tan intenso, que tuvieron que pasar muchos años para darme cuenta de que sólo fueron unos meses. Lo compartido pudo ser más... pero tú me convenciste de que me fuera. Tal vez tú no lo recuerdes, pero en una conversación de muy pocas palabras, como era tu estilo, me dijiste que ese no era mi lugar; que me gustara o no me gustara yo estudiaba en un colegio particular y que allá debía hacer mi actividad militante. Lamento informarte, después de tantos años, que tuviste poco éxito en tu discurso acerca de la toma de conciencia de mi extracción social. A regañadientes formé un núcleo en el Colegio y me fui a militar a Providencia, pero volvía de visita a la casona cada vez que podía, con una u otra excusa. Algo me decía que allí se había anclado una parte importante de mi vida.

En una de esas visitas, en el verano del 71, estábamos conversando en la puerta de la casona frente a las Carmelitas cuando vimos salir una novia. Tú sonreíste y me dijiste:

-        “Así vas a salir tú, en un tiempo más…”
-        Yo no me voy a casar así… Tal vez ni siquiera le avise a mis padres…
-        Bueno, si tú quieres no les avisamos.

Ese fue el único desliz que te permitiste en todo ese tiempo. Fue también la única oportunidad en que, fugazmente, pasó por mi mente la posibilidad de que fueras un hombre. Para entonces yo tenía catorce y tú diecinueve.

* * * * * * *

          Una tarde de marzo, antes de oscurecer, sonó el teléfono de mi casa. Eras tú. No lo podía creer: el dios del Olimpo descendía a comunicarse con los mortales. Me dijiste que necesitabas conversar conmigo, urgente, esa misma tarde. Hice el camino hasta la casona con el corazón agitado. Algo importante debía suceder para que tú me llamaras.

En un rincón aislado de una de las grandes piezas, me hablaste en forma sencilla y lacónica, como siempre:

-        Me voy compañera. Me voy a la universidad en Concepción. Estoy contento, porque tendré la posibilidad de ser profesional y eso, que siempre ha sido un privilegio de pocos, ahora es nuestro derecho.

Sentí que el mundo se dio una vuelta en fracción de segundos. No podía imaginar como sería, si tú no estabas.

-        Me alegro tanto por ti - dije con el corazón apretado.
-        Hay un tema que debimos haber conversado y no lo hicimos. Ahora que voy a estar varios años afuera, no es el momento de hacerlo. Es mejor dejar las cosas como están.
-    Te voy a echar mucho de menos…
-    Yo también; más de lo que tú crees.
-    Te voy a necesitar…
-        Usted no va a necesitar nada, compañera… hay tanto que hacer y usted lo sabe.

Consecuente con lo que había sido tu trato conmigo, me trataste como a una mujer y no como a una niña. Tal vez ese fue tu error, porque yo era una niña, una cabra chica bastante malcriada que siempre había tenido todo lo que necesitaba.

-        Voy a necesitar saber de ti…
-        Es mejor que no nos escribamos. Sólo por si fuera imprescindible, te dejé mi dirección con la Cecilia.

En la gran casa se vivía una tarde de fiesta. Todos chacoteaban, felicitaban y daban buenos deseos. Me despedí de ti con un abrazo y me fui desapercibida entre las risas y palmoteos de espalda.

Hasta entonces no había tomado conciencia de lo importante que eras para mí. Tú eras mi personificación del hombre nuevo, el que siempre pensaba con bondad y hacía lo correcto, el que siempre caminaba con precisión y seguridad detrás de un sueño. Tú eras mi referente, mi certeza, mi guía y, desde aquel instante, mi amor, mi compañero ausente.

* * * * * * *

          Sólo para comportarme a la altura de tus deseos, evité escribirte durante un tiempo. Cumplía mis deberes en forma cotidiana. Hacía las tareas del colegio, participaba activamente en la vida partidaria y soñaba… soñaba con mil cosas relativas al futuro, entre las cuales siempre estabas tú.

Un día, en una concentración de esas multitudinarias de los primeros tiempos del gobierno, me encontré con la Cecilia y le pedí tu dirección. Es misma noche te escribí una carta.

No estaba preparada para recibir una respuesta inmediata y menos para su contenido:

-        “Compañera: nada es más difícil que empezar a hablar de algo que debió decirse hace tanto tiempo y en otras circunstancias. El caso es que te quiero y quiero compartir contigo todas las cosas importantes que estamos viviendo…”

En esa carta me decías que pasarías por Santiago rumbo a un Congreso en La Serena y que entonces nos veríamos. Mi corazón galopó fuerte durante esos días de espera. Sentía una inmensa felicidad, que percibía como del todo inmerecida.

Nuestro encuentro fue maravilloso. Allí, frente al puente que enfrenta a la calle Independencia, iniciamos uno de los más hermosos recorridos que he hecho en mi vida a través del parque forestal. Caminamos abrazados, nos tomamos de la mano y bajo los árboles que sombreaban el monumento a Rubén Darío, me besaste.

-        Es la primera vez que beso a una mujer…

Yo guardé silencio y sólo te miré profundamente a los ojos. No era la primera vez que besaba a un muchacho pero, créeme, era la primera vez que sentía que la vida se me iba en un beso.

          El agua de la fuente de Rubén Darío nos acompañó en ese sueño, cantándonos sus versos:

Por eso ser sincero es ser potente;
de desnuda que está brilla la estrella.
el agua dice el alma de la fuente,
En la voz de cristal que fluye de ella.

A poco andar me contaste que debías viajar a Europa por unos meses. Yo sabía que no ibas a estar conmigo, pero no sé por qué la diferencia entre Concepción y el continente del noreste me pareció tanta. Yo te necesitaba aquí y ahora…

Tus cartas comenzaron a llegar desde el primer día. Maravillosas postales con muñecas y flores alimentaron mi espíritu adolescente. Si me atrasaba en responderte me reclamabas de inmediato.

- Necesito que me escribas. En Chile están pasando demasiadas cosas y yo me siento afuera. Es terrible estar ausente en momentos como estos – me decías.

Esas cartas fueron mis primeros informes políticos de coyuntura. Debía contarte todo lo que ocurría y en esos días los hechos se sucedían por horas. Todos los esfuerzos por desestabilizar al gobierno estaban siendo realizados tanto dentro como fuera del país. Paros, huelgas, protestas, enfrentamientos, actos de terrorismo… todo valía para una burguesía aterrada que veía con espanto como avanzaba el gobierno popular.

Nuestra relación no fue aceptada con facilidad por los compañeros de la juventud. Aunque tú no lo supieras ni estuviera contemplado en tus intenciones, tú eras para ellos muy significativo. Ellos no podían comprender cómo su gran líder proletario había descendido a involucrarse con una cabra chica completamente pequeño burguesa.

-        Lo que pasa es que tú tienes un amor platónico con Juan Carlos - me decían cada vez que podían. Tú no estás enamorada de verdad; él no es un hombre para ti.

Nunca supe si era verdad o me convencieron. El caso es que un buen día me vi involucrada con un muchachito adolescente de quince años, igual que yo, bastante más cercano y concreto. Era un chiquillo que había llegado ese año a tu mismo liceo, que había escuchado hablar de ti a la altura del Che Guevara y que no podía creer que había sido capaz de levantarle la polola a un héroe de la revolución.

Ni te imaginas la pelotera que se armó en la seccional de la juventud. El severo juicio de los compañeros se levantó fulminante contra nosotros. Sólo los grandes dolores que vinieron hicieron que nuestra “inmoralidad” fuera olvidada.

          Yo, en mi infinita inmadurez, no supe como enfrentar la situación. No sabía si escribirte y contarte la verdad, provocándote un dolor o si seguirte escribiendo, obviándola. Como no era capaz de mentirte ni de hacerte daño, opté por no escribirte más. Para decepción tuya y de Rubén Darío, no fui lo suficientemente potente para ser sincera…

          No supe más de ti hasta después del golpe.

* * * * *

          La historia nos cayó encima como una mole que aplastó nuestros sueños. Durante los días terribles de septiembre y octubre del 73 cualquier noticia que se tuviera de algún compañero era valiosa. Sólo saber que estaba vivo era motivo de alegría, aunque muchas veces hubiera perdido su trabajo, lo estuvieran buscando o incluso estuviera preso. De ti nadie pudo decirme nada.

          Una tarde de Octubre llamaron a mi puerta. Era Miguel. Me alegró mucho verlo, a pasar de que nuestra relación no siempre había sido fácil.

-        No vengo solo - me dijo.
-        ¿Con quién vienes? ¡Hazlo pasar!
-        Vengo con Juan Carlos. En realidad vine porque él quiere hablar contigo.
-        ¡Pero cómo lo dejas afuera! ¡Dile que entre!

Me asomé a la puerta y ahí, en la oscuridad de la calle te reconocí. Mi alegría fue infinita, sin embargo tu seriedad me impidió dar rienda suelta a mis emociones.

-        ¿Podemos conversar unas palabras en privado?
-        ¡Por supuesto! Pasa… ¿Cómo estás?
-        Yo estoy bien, estoy bien… necesitaba verte.
-        Yo también necesitaba saber de ti…
-        Bueno, verás… en este momento en que para mí la vida es una cuestión bien relativa, yo no sé si te quiero, pero la verdad es que te necesito… ¿Puedo contar contigo?
-        Siempre, compañero, siempre puede contar conmigo.
-        Te estoy pidiendo que me acompañes en esta parte de la vida, que seas mi compañera…

          Sentí que no era el momento de entrar en evaluaciones acerca del amor y que había que limitarse a hacer lo que había que hacer. La verdad es que no hice nada que no quisiera; quería estar contigo.

-        Soy tu compañera y estoy contigo - me escuché contestando.

* * * * * *

          Eran días peligrosos. Nos encontrábamos en puntos y caminábamos abrazados por el parque. Hablábamos del presente y del futuro, nunca del pasado. Nos tomábamos las manos y nos mirábamos profundamente a los ojos. Durante esos minutos parecía no existir la tormenta que se vivía en el país.

          Sin embargo, a pocos encuentros, yo tenía la seguridad de no ser la compañera de tu vida. Pensé que era igual de obvio para los dos y me sorprendió tu dolor cuando te lo dije. Lloramos reclinados sobre una baranda del Mapocho al terminar ese encuentro que sería el último de nuestra juventud inocente y soñadora.

-        Te voy a esperar un tiempo - me dijiste -, no para siempre… Te voy a dejar un teléfono; llámame sólo si es para que volvamos; si no es para eso no me llames.

          Por terceros supe que caíste preso. Supe de tu dolor, tu sufrimiento. Largo tiempo después, que salías al exilio… Nunca más supe de ti.

* * * * * *

Los años de la dictadura transcurrieron lentos, como las pesadillas. En medio de ellos la vida personal se desenvolvía porfiada, insistente. Nuestra ideología no nos permitía el lujo de morir de pena… había que seguir viviendo.

Ingresé a la universidad a estudiar pedagogía en historia, convencida de que esa era una buena trinchera de lucha. Participé en la reconstrucción del movimiento estudiantil y me perfeccioné en el arte del trabajo conspirativo clandestino.

Me casé con un compañero del Partido y tuve un hijo, que se constituyó en mi mayor riqueza. Muy pronto, al separarme de su padre, sería la única.

En todo ese tiempo estuviste presente en mis pensamientos. Fuiste mi maestro en muchas cosas, en más de las que tú estás consciente. Hacer lo correcto, hacerlo bien, tomar las decisiones, incluso las más personales, pensando en el beneficio de la causa, fueron marcas que dejaste en mí grabadas a fuego. No siempre lo logré, está claro, pero siempre lo intenté y te recordé cada vez que lo hice. La otra lección que me quedó, de nuestro primer romance, fue decir la verdad pese al temor a hacer sufrir al otro… la practico hasta ahora y creo que he hecho sufrir bastante menos.

Pasaron muchos años e infinitas peripecias, hasta que un día supe que te habían visto en la calle, en una manifestación de Derechos Humanos. La persona que te vio se quedó con la idea de que trabajabas en eso.

Inmediatamente me dispuse a buscarte. Partí a la Comisión de Derechos Humanos donde pensaba que podía encontrar noticias tuyas. En la primera puerta que golpeé  apareció un hombre gordo, al que le dije:

-        Estoy tratando de ubicar al compañero Juan Carlos Morales.

En el fondo de los ojos incrédulos del hombre gordo, reconocí tu mirada. Me sonreíste, me abrazaste y pegaste un grito para adentro:

-        Sigan no más, vuelvo luego -  y en un rápido ademán tomaste un bolso… estaba claro que no ibas a volver tan luego.

Nuestra conversación fue a borbotones. Me preguntaste si seguía tocando el piano, si todavía vivía con mis papás y hasta si había terminado el colegio… después te reías de la tontera.

Recuerdo que te sorprendió saber que había estudiado historia, que era profesora. Tú me imaginabas médico, ingeniero, abogado o qué sé yo qué. Entendiste poco, amigo, acerca del peso que tuvo en mi vida cada una de tus palabras. Acerca de la elección de la profesión conversamos muchas veces… Para ti era un acto de servicio… Uno debía elegir aquella profesión desde donde mejor pudiera servir a los otros, al pueblo, a la causa… La diferencia es que a ti se te olvidó que me lo dijiste; a mí, nunca.

-        Si te hubieras casado conmigo habrías podido estudiar en Europa – me dijiste sonriendo.
-        ¡Claro! Eras un gran partido y no te valoré a tiempo – te contesté, tratando de que pareciera broma.

A mí, en cambio, no me impresionó comprobar que eras tan pobre como siempre. Que no habías usufructuado ni mínimamente del exilio y que habías retornado en cuanto tuviste la primera posibilidad. No me impresionó comprobar que eras tanto y más íntegro que el joven que una tarde confundió sus lágrimas con las mías en las aguas del río Mapocho.

En pocos minutos nos dimos cuenta de que los recuerdos estaban nítidos, que ambos habíamos sido importantes para el otro y que el cariño estaba vivo. A manera de prevención, me contaste que estabas casado, que tenías hijos y que no eras hombre que se separaba…

Yo sé – me dijiste – que en algún rincón de la vida, aunque sea después de los cincuenta, va a haber una oportunidad para nosotros… mientras tanto yo voy a hacer footing para mantenerme en forma para entonces…

Nos reímos y no nos cansamos de mirarnos. Como siempre, tú más responsable que yo, me pediste que no nos viéramos… Que ahora había tantos actos públicos, que nos íbamos a encontrar y que íbamos a estar sabiendo de nosotros. Como siempre también, me dejaste un teléfono para que te ubicara sólo si era imprescindible…

Como si hubiera sido una promesa, nos encontramos en todos los actos públicos que hubo durante la dictadura desde entonces.

* * * * * * *
          El destino quiso que más tarde nos encontráramos militando en el mismo Comité Regional. Entonces ya no hubo posibilidad de no vernos y la cotidianeidad fue pasando a segundo plano nuestros recuerdos. Conocimos a nuestras familias y compartimos los últimos meses de lucha contra la dictadura.

Tu estatura y compromiso militante, siempre fueron superiores a los míos. Terminada la dictadura me retiré de la militancia activa y decidí hacer lo que no había hecho durante esos años: familia y profesión. Sólo voy a votar cuando corresponde y pese a que al interior del Partido, siempre estuvimos en distintas tendencias, voto por ti. 

Voto por ti porque siempre estuviste cuando hubo que estar, porque creo en lo que dices, porque nunca me has decepcionado. Voto por ti porque eres sencillo, digno y consecuente, porque tu discurso es consistente con tus actos. Voto por ti porque nunca has dejado de creer en tus sueños y por que jamás has perdido la luz de tu mirada. Voto por ti, compañero, sin rodeos, porque te quiero.

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OJOS AZULES, NO LLORES....


Con respeto y afecto
 a Camilo Escalona Medina,
inspirador de ésta y otras ideas

Fue una tarea de todos.
Los que se fueron sin besar a su mamá
para que no supiera que se iban...
...Los que estuvieron años en la montaña. Años
en la clandestinidad, en ciudades más peligrosas que la montaña...
Cardenal, Barricada.


                    Probablemente fue un hermoso niño rubio de ojos azules y juguetones, de los pocos que se dan entre los niños proletarios, pero ya a temprana edad su mirada era algo dura. No en vano había vivido la persecución, la prisión, la tortura y el exilio a la edad en que otros adolescentes tenían como única preocupación inmediata conseguir una acompañante para la fiesta del sábado. Los dolores, los miedos y la necesidad de tomar difíciles decisiones, fueron convirtiendo en gélido el azul de esa mirada cortante y breve, que podía provocar más de algún escalofrío en los militantes que trabajaban bajo su mando.

                    Su compromiso partidario, tan antiguo como su conciencia, había dibujado por completo las sendas que pisaba y ocupado un espacio prioritario en toda decisión, por personal que esta fuese. La construcción de familia, la vida profesional, el descanso y los placeres frívolos y cotidianos que la vida depara al común de los mortales, habían sido postergados, como por muchos otros jóvenes militantes, para cuando la patria viviera mejores tiempos.

                    Así, un buen día, sin siquiera poner en tela de juicio la cuestión del futuro personal, sobrevoló el Atlántico de regreso, dejando atrás la Europa del exilio, aquella que jamás había soñado conocer cuando era un niño de overol en una escuela de la Gran Avenida de Santiago.

                    El anuncio de aterrizaje a través del parlante, le hizo tomar conciencia violentamente de los muchos cambios que habían ocurrido en su ausencia. Que el viejo aeropuerto hubiera cambiado su nombre indígena de Pudahuel, por uno castrense,  - Comodoro Arturo Merino Benítez -, parecía una caricatura siniestra que le recordaba por el alta voz que el lugar al que arribaba no era el mismo país en que había nacido.

                    Un ataque de pánico comenzó a paralizarlo. Sintió como se erizaba cada uno de los pelos de su cuerpo y una transpiración helada lo cubrió en un segundo. Deseó intensamente no estar ahí, estar en otra parte, en cualquier otra parte. Su mano húmeda tomó contacto con el pasaporte que latía en su bolsillo con vida propia y recobró el contacto con la realidad. Necesitaba respirar profundo, tranquilizarse, entregar sus documentos falsos con mano firme y segura en la ventanilla de Policía Internacional.

                    No pudo evitar una sensación de sorpresa e incredulidad cuando salió del aeropuerto habiendo finiquitado el trámite de su ingreso ilegal al país. Había pensado y planificado como reaccionaría frente a cualquiera de los posibles problemas que pudieran surgir;   qué cara pondría, que contestaría, que gritaría... Había imaginado reacciones para todas las eventualidades, menos para ésta: estaba en Chile, sin ningún problema, dispuesto a dirigirse al centro de la ciudad, libre y tranquilamente.

                    “Libre y tranquilamente" no pasaba de ser una  forma de describir el momento, lo que era bastante, si se considera que el momento podía ser el resto de la vida para un clandestino.

                    Y bien, ahí estaba él, con un nombre nuevo y una nueva profesión debidamente documentados y la necesidad de inventar una vida para rellenarlos. Una vida de mentira, se entiende, por que la de verdad tenía que tratar de olvidarla con suma urgencia.

                    Debía olvidar, por ejemplo, que allí, a unas cuantas cuadras que podía recorrer en una micro, estaba su familia, sus padres, sus hermanos. Nadie debía saber que él estaba aquí, ellos menos aún; no podía involucrarlos. Su familia seguía siendo lo más sagrado que tenía y no resistía la posibilidad de que pudieran atormentarlos por su culpa. Por lo demás, mientras su madre siguiera creyendo que él estaba seguro en Berlín, estaría tranquila y eso le quitaba gran parte de la culpa que no podía evitar sentir. Tanto tiempo y tanta distancia los había separado, que apenas podía vencer la tentación de tomar la Renca-Nuñoa y dejarse caer en su casa a tomar once, abrazar a sus viejos y contarse la vida transcurrida.

                    Pero no lo hizo. Fue creando el personaje que le correspondía actuar con tanta disciplina y rigurosidad, que llegó a confundir su vida con la suya. Al principio le causaba enorme angustia toparse con alguien conocido y comprobar que no le reconocía; más de alguna vez se quedó con el saludo atrapado en la garganta y tuvo que contentarse con un formal "mucho gusto" que le dejaba una sensación de vacío enorme, una especie de agujerito en el alma que lentamente fue cicatrizando en una dura costra.

                    En realidad había cambiado mucho; eso se tomó en cuenta para su ingreso ilegal. No había necesitado teñirse el pelo ni hacer nada especial, excepto dejarse la barba, que cuando se fue apenas asomaba. En ese tiempo era un muchacho flaco, un dirigente estudiantil considerado un "buen mozo" por muchas liceanas... Ahora era un hombre, con algunas canas precoces y una que otra línea insolente marcada en la cara... pero lo que él no sabía, era que lo que más había cambiado era su mirada.

                    Con el tiempo fue olvidando su verdadero nombre, y lograba sonreír al reencontrar a sus antiguos compañeros y amigos que llegaban a establecer una nueva relación con el desconocido personaje que ahora encarnaba. Las escasas amistades, establecidas al interior de la estructura partidaria constituían su único patrimonio; la clandestinidad y la historia completa de su vida, lo habían hecho perder todo apego a los bienes materiales.

                    En ciertas oportunidades, la melancolía lo invadía hasta la médula y entraba en una especie de sopor casi morboso, que lo llevaba a tomar la micro Renca Nuñoa que atravesaba su antiguo barrio, donde vivía su familia. Allí sobrevivían las imágenes de su infancia. Los jóvenes conversando despreocupadamente en las esquinas, los chicos chuteando en la plaza, la señora con rulos en el pelo, gritando, exactamente igual que hace unos años, que no les pensaba devolver la pelota. Los barrios no cambiaban mucho... Eran otros jóvenes; lograba reconocer a algunos que eran cabros chicos cuando él se fue.

                    A veces, en un rapto de imprudencia temeraria, se bajaba a comprar cigarros en la botillería de don Pepe. El viejo estaba más flaco y con el pelo totalmente blanco, pero era el mismo viejo que había estado ahí desde siempre cuando su mamá lo mandaba a comprar bebidas para las visitas en una bolsa de malla. Pero don Pepe lo miraba sin inmutarse sentado en la caja y le decía "¿Caballero...?" con cara de un "qué se le ofrece" que expresaba la certeza de que nada espectacular se le podía ofrecer... Tal vez si hubiera sospechado que ahí estaba él, el hijo del panadero, el cabro que se tuvo que ir cuando todavía era un mocoso, su mueca de aburrimiento cotidiano se habría transformado.

                    Después de estas incursiones nostálgicas volvía más sereno... pero también más triste. De eso él no se daba cuenta... Se trataba de una tristeza residual que no tenía efecto notorio e inmediato, sino permanente y sostenido, que lo iba haciendo inevitablemente cada vez más viejo.

                    Pero la vida, verdadera o de mentira, - ya no lo sabía - seguía su curso. Diariamente cumplía su rutina, saliendo con su aspecto de profesional rumbo al trabajo y realizando innumerables actividades partidarias. Cumplía contactos con las diversas estructuras del Partido reuniéndose en boliches y casas desconocidas. Realizaba encuentros callejeros con diversos personajes que muchas veces a penas sobrepasaban la veintena; a cualquier otro le hubiera parecido una imprudencia confiar la vida a semejantes chiquillos, pero tal vez los avatares de su propia vida le hacían tener un alto concepto de la juventud y una enorme confianza en sus compromisos. A pesar de esto, las condiciones del trabajo operativo lo obligaban a establecer con ellos una relación discreta y cordial,  más bien distante.

                    Intentaba mantener planificadamente su tiempo lleno de quehaceres, porque eso era justamente lo más difícil: llenar esos horribles vacíos en la jornada cotidiana. Entonces corría el riesgo de ser atrapado por la nostalgia del otro tipo que se había quedado en Berlín, o del muchacho que, aún antes, se había quedado en el viejo barrio de la zona sur de Santiago. 

                    Lo que no había podido superar, desde su llegada a Santiago, eran los dolores musculares. Él se los achacaba al cansancio, pero no se daba cuenta de que lo más agotador era el miedo. No era un miedo elocuente, a algo específicamente terrible. Era un miedo que se llevaba permanentemente en los huesos, como algo natural, que formaba parte de lo cotidiano. Era un miedo que no se sentía, por la costumbre de llevarlo puesto, pero que seguramente se habría visto nítido si hubiera tenido la oportunidad de tomarse una radiografía.

                    Cada cierto tiempo recibía las cartas que su familia le enviaba a Berlín. Entonces él las contestaba, contándoles algo de su vida de verdad, que ahora era de mentira... En realidad, sabía permanentemente de ellos a través de su hermano con quien compartía las peripecias de la vida militante. Él se había hecho cargo de transportar alguna correspondencia y de llevarle noticias, aún cuando muchas cartas se enviaban realmente por correo hacia Alemania, y le llegaban más tarde a través de los canales del Partido. Antes de venirse, había dejado un voluminoso cargamento de postales fotográficas con saludos inocuos para su familia, que eran despachadas cerca de una vez al mes por los compañeros del exilio. Le daba pena engañar a los viejos con tanto cuento, pero se consolaba pensando en que estarían tanto más tranquilos que si supieran la verdad.

                    A medida que se fue haciendo hombre, le bajó una nostalgia tremenda de su padre. Sus vidas habían sido demasiado diferentes, pero cada vez estaba más seguro de que su vida estaba marcada por la huella del viejo obrero panificador de quien había heredado la conciencia de clase y el compromiso político. Hubiera tenido ganas de sentarse a conversar y compartir una cerveza con su viejo. Le habría gustado darle las gracias por muchas cosas... y tal vez reprocharle algunas otras. Nunca fue fácil conversar con su padre; después de todo cuando se separaron él cruzaba la edad en que uno está lleno de certezas, en que cree saberlo todo y no tener nada que aprender de los viejos. Por eso lo necesitaba ahora más que nunca; ahora que nada era seguro, ni cierto, ni probable; ahora que la vida se le mostraba en la plenitud de su inmensa incertidumbre; ahora que le daba una poco de risa la actitud de maestro experimentado que forjó en la adolescencia; ahora que llevaba consigo el dolor de sucesivas separaciones, abandonos y pérdidas, entre las cuales su familia era, a estas alturas, una de las más lamentables.

                    Una vez más los acontecimientos históricos vinieron a impactar su vida personal, esta vez, al menos para facilitarla. Las  protestas populares se habían generalizado y la luz de las barricadas encendidas parecía un presagio de que la pesadilla llegaba a su último capítulo. Los aparatos represivos se vieron absolutamente sobrepasados por las circunstancias. Si antes debían seguir a veinte o treinta sospechosos, ahora debían seguir a cien, docientos o quinientos, lo que contribuyó a relajar en algo su situación. A estas alturas, se había transformado en un cuadro muy importante para su partido y su nombre, el falso, se repetía con eco en las diversas estructuras orgánicas. Pronto llegaría un tiempo en que el otro, el verdadero, figuraría con letras de imprenta en las páginas de los diarios.

                    Fue por entonces que supo la noticia. Durante una reunión de la estructura superior del Partido, recibió el aviso de la muerte de su padre. No tuvo tiempo para desatar su dolor, ante el problema inmediato que significaba darse por enterado desde Berlín, antes de que su familia tratara de ubicarlo.

                    En esas condiciones fue necesario producir un encuentro con su hermana. Era imprescindible tranquilizar al resto de la familia, y para esto debía revelarle la verdad al menos a ella.

                    Se fundieron en un abrazo intenso en el que se confundían las lágrimas de la más infinita tristeza y las de la inevitable alegría de verse después de catorce años, pese al dolor de las circunstancias.

                    La emoción les permitió cruzar sólo pocas palabras. No fue necesario dar explicaciones. Ella comprendió perfectamente todo y, más aún, le informó que la casa y el lugar del velatorio se encontraban vigilados, por lo que era imposible pretender acercarse. Simplemente ella explicaría que había logrado comunicarse con él en Alemania y que ya estaba informado de la noticia.

                    La brisa primaveral corría fresca entre los árboles del parque forestal. Era la hora del entierro de su padre. Nunca una distancia más grande lo había separado de donde quería estar. Entonces se sentó en un escaño, y en la máxima expresión de su miseria y su grandeza, lloró. Como un hombre anónimo y común, sin particularidad alguna, lloró por la muerte de su padre. Lloró por los secretos que no pudo compartirle, por el muro de tiempo que surgió entre ellos cuando más cerca quiso tenerlo, por las mutuas deudas de ternura... No supo en que momento su llanto fundió todos los duelos. Lloró por la adolescencia que abortó un septiembre mientras la primavera indolente insistía en celebrar con flores quien sabe qué alegrías... igual que ahora; lloró por los que ya no estaban, por las separaciones; y lloró también por la vida personal que no había logrado armar a la manera soñada por el hombre corriente y ordinario que vivía en un rincón oculto de su corazón.

                    Cuando levantó la vista, la luz del sol hizo brillar el azul de sus ojos de un modo distinto. Se sintió más liviano, más grande, más simple... Se echó a andar con el diario bajo el brazo sintiéndose por primera vez en muchos años, más humano.


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LA NOCHE


Bésame, bésame mucho,
como si fuera esta noche la última vez...
Consuelo Velázquez


Al padre de mi hijo mayor,
con afecto y agradecimiento por el hermoso regalo de vida que ha sido nuestro hijo

                    Las noches durante la dictadura eran extrañas y contradictorias. En ellas se confundían el descanso, el cansancio, el alivio el pánico, el sueño reparador y el permanente estado de alerta.

                    Al cerrarse las puertas de la casa para enfrentar definitivamente a la noche, era posible disfrutar la sensación de alivio de haberle ganado un día más al sistema represivo. Cada noche era un triunfo en la gran ruleta rusa; era casi un juego, un poquito macabro, pero a esa hora tenía su gracia.

                    El cansancio era extremo, ya que al desgaste producido por los quehaceres normales de gente común, se agregaban las tensiones extenuantes de la militancia. Nada agota más que el miedo.

                    La noche era un alivio. A esa hora era posible intentar relajar la musculatura y disminuir los dolores del cuerpo; los del alma deberían esperar aún un tiempo.

                    Pero también la noche era un peligro. Durante las horas del toque de queda ocurrían los peores allanamientos, las detenciones sin testigos y los extraños enfrentamientos en los cuales, generalmente los "agresores" armados hasta los dientes terminaban masacrados por los agentes de seguridad, sin haber logrado ni siquiera rasguñar a uno de ellos. Eran las curiosidades de la dictadura.         

                    La noche era miedo sobre miedo. Al miedo permanente, que ya no se sentía porque estaba incorporado al metabolismo, se agregaba el pánico y la incertidumbre de la soledad nocturna. Cualquier cosa era posible en esas horas en que se perdía todo contacto con el resto de la humanidad.

                    Por eso esa noche cerraron la puerta y respiraron profundo.

                    Elisa había terminado de escribir a máquina y un montón de papeles se encontraban sobre la mesa. Manuel terminaba de envolver los montoncitos de panfletos que debía distribuir al día siguiente. Estaban agotados.

                    Elisa se paró, puso las manos en las caderas y estiró la espalda. Manuel se rió y se acercó a acariciarla.

- Estas cada día más guatona amor. ¡Me gusta como te ves!
- Estoy empezando a sentirme cansada...

                    Era una forma curiosa de decirlo. En sus veintitrés años de vida cabían como cuarenta años de cansancio. Pero esa es la edad en que se puede dar el lujo de cansarse casi hasta morir.

- Deberías parar un poco.
- Cuando nazca la guagua Manuel. Cuando llegue la guagüita me gustaría que paráramos los dos un tiempo.
- Ojalá se pudiera. Ahí veremos.
- Ayúdame a guardar esto para que vayamos a acostarnos.
- Deja así no más. Mañana antes de salir ordenamos.

                    Necesitaba que alguien le diera permiso para ir a acostarse. Sabía que no guardar era un descuido, pero no daba más. Además el barretín estaba lleno y todo desordenado. El fin de semana, sin falta, habría que hacer una limpieza.

                    Ya en la cama, se abrazaron y cerraron los ojos. Manuel le acarició la panza. Allí estaba el niño o la niña. ¿Cómo sería? Ella lo soñaba moreno, de ojos grandes. Pero eso sería un milagro... No tenía por donde tener la piel oscura.

                    Manuel se durmió profundamente. A ella le costó conciliar el sueño. Tal vez habría sido mejor ordenar. La sensación de trabajo inconcluso la tenía intranquila. Pero el sueño y el cansancio la vencieron.


                                                           ******


- Despierta... están golpeando.

                    Ella se incorporó de un salto.

- ¿Qué hora es?
- Casi las dos y media.
- Hasta aquí no más llegamos amor.
- Cálmate. A lo mejor no es nada.
- ¡Nada! ¿A las dos y media de la mañana? Guarda mientras pregunto quién es...

                    Unos golpes en la puerta interrumpieron el diálogo. Elisa se asomó al pequeño patio. El muro y la puerta de madera no dejaban ver hacia afuera.

- ¿Quién es? - preguntó, haciendo un absurdo esfuerzo por que su voz pareciera natural.
- Investigaciones...
- Un momentito por favor. Voy a buscar las llaves.

                    Entró agitada y encontró a Manuel terminando de meter papeles en la bolsa del pan, en el cajón del servicio, en cualquier parte.

- Apúrate Manuel. Ponte algo encima. Que no te lleven sin ropa.
- Vístete tú también.
- Si me ven embarazada me dejarán llevar algo. Apúrate.
- Cuídate por favor. Cuida a la guagua...
- Tú también... te amo...

                    Manuel la abrazó y la besó rápido. Nuevamente los golpes sonaron en la puerta. Esta vez más fuertes.

                    Hizo sonar las llaves en su mano. Metió ruido con la puerta y sacó la panza para que se notara más. Dos hombres enormes estaban parados en el umbral. Uno de ellos mostró una placa y la luz de la entrada hizo brillar las letras doradas: "Policía de Investigaciones de Chile".

- Buenas noches.
- Buenas noches señora. Disculpe la molestia.
- ¿...?
- Queríamos pedirle permiso para revisar su patio.
- ¿El patio?
- Si. Es que sorprendimos a un tipo, un par de cuadras más allá, tratando de abrir un auto y se nos arrancó para acá. Lo detuvimos pero tiró algo para su patio. ¿Podemos revisar?

                    Una enorme sonrisa se le hizo incontenible. Trató desesperadamente de disfrazar su alivio de amabilidad.

- Por supuesto. Pase.
- ¿Qué pasa? Preguntó Manuel, completamente vestido y con un chaleco grueso en la mano.
- Los caballeros necesitan revisar el patio...
- Ah...

                    La cara de Manuel era un sólo gesto de profunda incredulidad.

- Entra. Abrígate.

                    Los detectives revisaban entre las plantas con el potente foco de una linterna. A la luz de ventana, Elisa vio el rostro simpático de uno de ellos. Era gordo y sonrosado y hacía su trabajo con cara de cabro chico a punto de ganar un juego.

- ¡Aquí está! Es un diablito. ¿No ve? ¡Ahora está frito el gallo!
- ¡Lo tenemos! - dijo el otro, con cara de triunfo.
- Disculpe la molestia señor. Ah... y cuide a la señora que está gordita. No debería dejarla salir a ventearse - agregó en tono de reproche.

                    Elisa y Manuel quedaron abrazados en el pequeño patio. Manuel le puso la mano en la panza y comenzaron a reírse, a reírse, a reírse, hasta que las lágrimas asomaron a sus ojos.


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AL CALOR DE LA BARRICADA

A Javier Carreño, el Flaco... compañero de vida


Yo he repartido papeletas clandestinas,
gritando: ¡VIVA LA LIBERTAD! en plena calle...
...pero palidezco cuando paso por tu casa
y tu sola mirada me hace temblar.
Cardenal, Epigramas.


                    Todos los que pasaban por esa esquina lo habían visto alguna vez y seguramente les llamó la atención la mirada trasparente de sus ojos oscuros de los que emanaba la bondad más nítida y la más infinita paciencia. José era un hombre extremadamente delgado y de una inmensa mansedumbre.

                    Había nacido al amparo y a la sombra del mostrador del negocio de su padre en una populosa avenida de Santiago y desde allí había visto pasar treinta años de vida, incluyendo dieciséis de infancia y catorce de dictadura.

                    Durante la época de Allende, en el boliche de su padre había funcionado el local del Partido. Allí, vio desfilar a los jóvenes y viejos militantes y escuchó hasta la memorización los discursos propios de los tiempos. Se aprendió todas las circunscripciones electorales y sabía calcular los porcentajes de votación necesarios para elegir un senador, un diputado o un regidor en cualquier parte.

                    La militancia en sí misma, no le llamaba la atención y sólo ingresó a las filas de la Juventud del Partido cuando su viejo lo inscribió porque necesitaba votos para alguna elección interna.

                    Era un hombre de pocas palabras y pocos amigos. También de pocas creencias. Repartía su fe en dos o tres objetivos muy concretos. Creía fervientemente que la dictadura llegaría a su fin y que vendrían tiempos mejores porque el ser humano así lo merecía. Creía también que algún día encontraría el amor; un amor romántico y emocionante que, sin duda, debería tocar a su puerta, ya que difícilmente él saldría a buscarlo.

                    Si la fe en el socialismo ya era una rareza a esas alturas, su forma de concebir el amor constituía una curiosidad aún mayor para los tiempos que se vivían.

                    Creía que el amor era uno sólo; que se amaba realmente una vez y para siempre. Estaba convencido de que cuando encontrara a la mujer de su vida, no volvería a amar a otra, independientemente de la reciprocidad de tan profundo sentimiento. Su doctrina amatoria purista, lo obligaba también a reservar su castidad para ese entonces. Tal decisión no constituía una obligación ingrata, ya que su mansedumbre de monje no incluía el amor carnal entre las urgencias del presente. Sólo haría el amor amando y guardaba sus energías para el momento y la mujer precisos.

                    Mientras tanto, la vida seguía transcurriendo frente al mostrador del negocio, sin que la mujer de sus sueños entrara a comprar, tal vez unos cigarrillos, ni la dictadura mostrara signos de debilidad alguna.

                    Fue una noche de octubre de 1983 cuando ocurrió lo inesperado. No fue el amor de su vida el que llegó a su puerta, sino el fin de la dictadura; concretamente el comienzo del fin. Allí, a las afueras mismas de la mampara del boliche, comenzaba a encenderse una brillante barricada. Entonces salió. Buscó todo lo que hubiera en su casa que pudiera ser quemado y se dispuso a colaborar en el corte de la avenida con toda la energía que le daba el deseo de cortarle el paso a la dictadura.

                    Vinieron nuevas protestas y otras barricadas y en todas desplegó una vitalidad y un entusiasmo que desconocía en sí mismo. En alguna de ellas tomó contacto con los miembros del Partido y consideró prudente integrarse a la militancia para darle consistencia  a la lucha. Eran unos chicos jóvenes, casi adolescentes, pero que impresionaban por su convicción y disciplina. Uno de ellos lo acompañaría en su primer contacto con la estructura del Partido.

******

                    Era un día sábado a las dos de la tarde. El punto se realizaría en un paradero de micro, bastante cerca de su casa, en plena avenida. Había llovido toda la mañana y a la hora fijada continuaba lloviendo a cántaros.

                    Sumergido en su parka y en sus pensamientos, comenzó a caminar al lado del muchacho que lo acompañaba. La decisión estaba tomada; ya era tiempo de aportar algo más sistemático que su rabia para sacar al dictador de La Moneda.

                    Viene alguien del Regional - le había dicho el muchacho. Recordó a los dirigentes regionales de la época en que el Partido funcionaba en su casa. Eran hombres políticamente bien preparados - pensó - y le dio un poco de nervios imaginar un posible diálogo. De pronto el chico se detuvo y dijo "allá está", señalando la vereda del frente.

                    Entonces la vio. Era una mujer baja, más bien delgada, metida en un impermeable color palo de rosa y con una ancha bufanda blanca a manera de mantón sobre su cabeza.


- Ella es - pensó en voz alta.
- ¿La conoces?
- No, no...
- Entonces quiere decir que se le nota mucho a la comadre que está haciendo un punto. Anda poniendo cara de casualidad mejor...

                    Difícil iba a resultar poner cara de casualidad en tal evento. Estaba a punto de concretar una decisión tan importante como militar en dictadura y simultáneamente aparecía ella; porque de eso sí que no tuvo duda alguna: era ella. Estaba como petrificado, sin atinar ni siquiera a cruzar la calle.

- Ya pues compadre, crucemos. ¿O se arrepintió?
- No hombre, ya estoy adentro. Crucemos.

                    La mujer puso cara de casualidad y saludó afectuosa.

- Hola compañero. ¿Caminemos?
- Claro...
- Antes que nada. ¿Usted tiene plata para invitarme a un café? Me falló el punto de más temprano y estoy estilando.
- Si, si tengo... En realidad está estilando... Vamos, vamos.

                    En la mesa del café de barrio la pudo mirar más detenidamente. Tenía unos veintiocho a treinta años, calculó, y su rostro era interesante, aunque sin ninguna belleza especial. Ella trató, sin éxito, de encontrar algo para secarse la cara, entonces él le extendió un pañuelo. Ninguno de los dos sabía que sería la primera de un sin número de oportunidades en que él le pasaría un pañuelo.

- Ahora soy casi humana - dijo ella riendo.

                    El también se rió. No tardaría mucho en pensar que efectivamente así era ella: "casi humana".

- Bueno compañero. Ha solicitado usted su ingreso al Partido.
- Sí - respondió tajante.
- ¿Y usted sabe en lo que se está metiendo?
- Bueno... me imagino.
- Había militado antes, entiendo.
- Sí, en la juventud, durante el gobierno de Allende.
- Ya...
- ...
- Pero usted se dará cuenta de que ahora las cosas son muy distintas. En ese tiempo uno hacía muchas cosas por romanticismo. Esto no tiene nada de romántico. Es peligroso, cansador y muchas veces, tedioso. Muy pocas cosas que hay que hacer son emocionantes. La mayor parte del trabajo es lento... de hormiga.
- Sí, claro.
- ¿Y aún así está dispuesto a ingresar?
- Sí.
- Por otro lado, compañero, antes uno ingresaba a la juventud porque ahí conocía gente. Era parte de la vida social también. Ahora, tiene que tener claro que esto no es un club de amigos: es un partido clandestino. Aquí no se viene a establecer relaciones personales, de amistad, ni de ninguna especie...
- Mire compañera. Yo decidí militar ahora y eso es lo que quiero hacer. No quise hacerlo antes, pero creo que es el momento.
- Bien, bien... Pero yo tengo el deber de señalarle las condiciones. ¿Cuál va a ser su nombre de trabajo?
- Vicente - dijo, sin pensar mucho.
- Bueno compañero Vicente. Veamos: ¿Qué habilidades o estudios tiene usted, que puedan ser un aporte para el Partido?

                    José hizo un breve recuento de sus habilidades que eran bastante misceláneas.

- ¿Alguna infraestructura que pueda aportar? ¿Lugar de reuniones, buzón para dejar material o algo por el estilo?
- Bueno, mi familia tiene un negocio. Yo lo atiendo.
- Eso está interesante. Ahí se podría dejar y retirar material.
- Claro...
- Okey. Va a tener que aprender las normas de seguridad básicas. Por un tiempo se contactará directamente conmigo.

                    Asumió la militancia con rigurosidad, compromiso y disciplina. Efectivamente tuvo que realizar una serie de trabajos rutinarios y elementales, como repartir el periódico, vender bonos de colaboración o copiar documentos. De vez en cuando se presentaban los trabajos más emocionantes: los rayados nocturnos, las barricadas y cortes de avenidas o las acciones de propaganda.

                    Pronto se dio cuenta que el haber sido atendido personalmente en su aprendizaje del trabajo conspirativo por una dirigente regional, no había sido precisamente una deferencia. La verdad era que los militantes eran cuatro gatos y en la debilidad de la estructura, los dirigentes del Partido debían cubrir los flancos más domésticos y elementales. Nada quedaba ya de esos dirigentes que él recordaba que tenían tiempo y posibilidades para extraviarse en divagaciones teóricas.                                       

                    Con el tiempo y las actividades compartidas aprendió a conocerla. Ella era definitivamente extraña. A veces era cálida y amable; otras, era fría y severa. En cierta oportunidad en que se estaba realizando una acción de propaganda, el jefe de la operación anunció:

- A las siete viene la compañera Catalina a controlar la acción.
- ¡Chucha, compadre! ¡Prefiero que lleguen los pacos! - respondió espontáneamente uno de los irreverentes y combativos adolescentes.

                    Con todo, él la amaba en silencio. "La dama de hierro", le decía secretamente; pero se daba cuenta de que era una sentimental irremediable que sólo intentaba proteger a los militantes, especialmente a los más jóvenes, con una aplicación rigurosa de las normas de seguridad operativa.

                    Su relación era atípica dentro del Partido, ya que como su negocio funcionaba como buzón, ella conocía su casa y su nombre, cosa que estaba prohibida en las relaciones militantes. Así también conoció a su familia y muchas veces pasaba a tomarse una taza de té y se quedaba conversando temas triviales. Su identidad, sin embargo, la mantenía absolutamente en secreto.

                    Cuando correspondía que viniera, él la esperaba con el corazón galopante, "apoyao en la vidriera", como en el tango "Sur". Esas horas de felicidad podían alimentar toda una semana o los próximos quince días.

                    No supo en qué momento ella comenzó a llegar sin motivos, sin un trabajo específico que realizar. Simplemente venía a conversar o a pasar un rato. En esas conversaciones se enteró que ella estaba enamorada. Su amor era un imposible, ya que él ni siquiera estaba en Chile... Más de alguna vez lloró y él le extendió su pañuelo para que secara sus lágrimas. Una noche apareció muy tarde, cuando menos la esperaba.

- Tengo un problema y ésta es la única parte a la que se me ocurrió venir.
- ¿Qué te pasa?
- Salí sin llaves de mi casa y la niña que vive conmigo anda en una fiesta. Puede llegar a cualquier hora. ¿Puedo hacer tiempo aquí?
- Claro, por supuesto.

                    El negocio cerraba después de la una de la madrugada, así es que era un buen lugar para esperar.

- Y después... ¿Tú me acompañarías a mi casa?
- ¿A tu casa? - preguntó incrédulo.
- Sí. Puede que tenga que esperar en la puerta mucho rato y no me atrevo a estar sola.

                    Pensó en invitarla a dormir, pero no se atrevió. Cerca de las dos de la mañana comenzaron a caminar hacia su casa, hasta entonces un lugar desconocido, más bien prohibido.

- Me acompañas, te vas y te olvidas de donde estuviste.
- Nunca habré estado... No te preocupes.

                    Efectivamente no había nadie. Se sentaron a esperar y de repente él se paró, sacó sus llaves del bolsillo y dijo:

- Probemos...

                    Mágicamente la puerta se abrió. Entraron muertos de la risa, sin poder creer lo que había sucedido.

- Ahora no sólo conozco tu casa, sino que además tengo llaves...

                    Pero para agregarle magia al asunto, nunca más resultó. Nunca pudieron volver a abrir esa puerta con esa llave. Tampoco resultó que él se olvidara de su dirección. En adelante realizaron muchos trabajos indistintamente en cualquiera de las dos casas. Y también se reían, conversaban y escuchaban música. Además, la "dama de hierro" se había fundido y frecuentemente lloraba sus penas secando sus lágrimas con el infaltable pañuelo.

                    Un día, ella sacó un mazo de cartas y le dijo alegremente:

- ¡Te voy a ver la suerte!
- ¡Ah! ¿Además eres bruja?
- Le hago empeño...

                    Echó las cartas y luego de una rápida mirada exclamó:

- ¡Eres un traidor! Conoces todos mis secretos y no me has contado que estás enamorado.
- Tengo mis cosas privadas - respondió sonriendo.
- Hay una mala mujer que te está haciendo sufrir. Yo no invento nada... Aquí las cartas dicen que esa relación te hará mucho daño.
- ¿Cuál relación?
- La que vas a tener con esa mujer... Mejor aléjate de ella.
- Me temo que ya es imposible... - su mirada transparente brilló delatora.
- Supongo que no te estarás involucrando conmigo...
- No compañera. Yo no me estoy involucrando... Yo me involucré el día que te conocí, toda mojada, con el impermeable rosado y el chal blanco...
- No puedo creerlo...
- Cómo bruja te mueres de hambre... ¿Por qué no puedes creerlo?
- Porque no. Porque yo jamás me voy a enamorar de ti. Tú sabes...
- Entonces...
- Sólo te haría sufrir.
- Entre sufrir lejos y sufrir cerca, prefiero sufrir cerca.
- Tú sabes que yo estoy sola... Necesito a alguien que me haga cariño... pero no tengo nada que ofrecerte.

                    Entonces él la besó. Era su primer beso. Puro, limpio, transparente. Pero la besó como si siempre la hubiera besado. Cuando hicieron el amor, él comprendió por qué había esperado una vida para hacerlo.

                    Ella se dejó querer, hasta que un día se encontró viviendo con él, pintando murallas y planificando el trabajo militante junto con la compra de la feria. El simplemente vivía cada momento, mientras durara. Después de un tiempo, ella pronunció las palabras fatales:

-  Creo que esto no es bueno para nosotros. Esta relación no va para ninguna parte. Yo no estoy enamorada y te estoy haciendo perder el tiempo. Es mejor que te vayas y busques una mujer que te merezca y te quiera.

                    José puso en una caja de cartón sus cuatro pertenencias y lo que le quedaba del alma y partió.

                    Ella se dedicó a ordenar su casa y sus pensamientos. Quería enamorarse, formar una familia, tener hijos... se demoró sólo unos días en darse cuenta de que era una idiota, que todo lo que quería lo tenía junto a él y que estaba enamorada de sus ojos brillantes y serenos.

                    Esperó unos días para darle cierta seriedad a su decisión y partió a buscarlo.

                    Lo encontró arreglando sus maletas. Partía a Europa, a realizar labores partidarias, quién sabe por cuanto tiempo. Tenía la visa y el pasaporte. En los próximos días le entregaban los pasajes.

                    Ella lloró, pero no delante de él. No quería arruinarle su viaje, que podía ser tan crecedor para su vida. Le contó su historia a una amiga que no pertenecía a la cultura militante, ni siquiera a la de izquierda.

- ¿Y tú quieres que se quede?
- Sí, pero qué saco... no le puedo pedir que se quede.
- ¿Por qué no?
- Bueno, porque este viaje puede ser muy importante para él.
- ¿Y tú no?
- ... No sé.
- Si sabes. No sé que esperas para ponerte a llorar y pedirle que se quede.
- ¿Ponerme a llorar?
- Sí mujer... ¡A llorar!... como cualquier mujer idiota que está arrepentida de su estupidez y va y le pide a su hombre que la perdone, que no la abandone, que se quede...

                    Esa alternativa no había pasado por su mente. Pero lo hizo... No fue tan fácil convencerlo. Lloró durante dos días y lo único que logró fue que él le pasara su pañuelo. Al cabo de un largo fin de semana él habló:

- ¿Tú te das cuenta de lo que me estás pidiendo?
- Sí.
- ¿Estás segura?
- Sí.
- Está bien. Yo me quedo. Pero me quedo para siempre y no me voy aunque me grites que me vaya. Tenemos hijos y armamos familia y todo el cuento. ¿Eso es lo que quieres?
- Eso quiero.
                                                           ******
                    La película estaba a punto de terminar. El príncipe y la princesa se casaban y se aprestaban a vivir muy felices. La pequeña niña interrumpió para preguntarle a su hermano mayor:

- ¿Cómo se enamorarían el papá y la mamá?
- Parece que fue peleando contra Pinochet...
- ¿Pinochet? ¿Y quién es ese?